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El sorteo

"Cada mes de diciembre, el sorteo navideño trae a su atención esa vieja España que parece inmune a los cataclismos políticos, unidos todos -casi todos- en un ritual que consagra el papel del azar en los asuntos humanos"

Foto: Chema Moya | EFE

De todas las historias de la Navidad la más española sin duda es la del sorteo de lotería, que termina bien para unos pocos y regular para casi todos. Antaño, cuando las festividades parecían guardar aún una cierta reserva o así lo cree ahora el recuerdo, la salmodia de los niños cantores de San Ildefonso marcaba el inicio de las Navidades, que duraban dos semanas en lugar de dos meses; ahora llega uno al sorteo extenuado y pidiendo la hora. Su encanto siempre ha sido mayor en las jornadas laborables, cuando las radios que retransmiten la ceremonia suenan en empresas y comercios a despecho de su impacto negativo sobre la productividad, como una música de fondo que sonara desde el siglo XIX para recordarnos que España es una unidad de destino en lo particular.

Todo ha ido cambiando, hasta el punto de que ahora los décimos admiten dispensación electrónica y se cantan en euros, pero hay cosas que no parecen cambiar nunca y si el euro desapareciese los niños cantores volverían a la peseta antes que abandonar la costumbre: desde 1771 cantan la lotería nacional y con la navideña empiezan en 1892. ¡Aún estaba Cuba por perderse! De ahí que el sorteo evoque una España galdosiana que solo pervive en el aspecto magnífico de algunas octogenarias y en los puestos de castañas, un país de cédulas ministeriales y deudores esquivos que nos encontramos en los tebeos de Bruguera y las películas de Berlanga. Es un país arrasado por el tiempo, como todos, que sin embargo apenas se ha convertido en objeto de nostalgia: como si perteneciese a la serie B del pasado histórico y no pudiese competir con la Belle Époque o los modernos años 60 por el aprecio del público. No es que eso importe demasiado; nada importa demasiado. Pero como repite siempre con sorna mi abuela, la vida no era en blanco y negro: las residencias de ancianos están llenas de recuerdos esplendentes.

Es inevitable que a los jóvenes de hoy aquel mundo les quede cada vez más lejos, como un planeta remoto con el que solo conectan ocasionalmente algunas series televisivas abundantes en estereotipos. Pero cada mes de diciembre, el sorteo navideño trae a su atención esa vieja España que parece inmune a los cataclismos políticos, unidos todos -casi todos- en un ritual que consagra el papel del azar en los asuntos humanos. Naturalmente, el sorteo es también una metáfora del lado oscuro de la meritocracia, que premia a quienes tienen la suerte de nacer en mejores condiciones que los demás. Y, sobre todo, es un recordatorio de nuestra fragilidad psicológica, pues un rápido vistazo a las leyes de la probabilidad habría de desanimar al más animoso de los jugadores. No lo hace: es el descomunal triunfo de la esperanza sobre la evidencia. ¡Aunque se enfade Pinker! Yo no me enfado; hasta compré un décimo con gesto escéptico. Me atrevo, incluso, a desearles felices fiestas.

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