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El sueño unánime

Europa se ha convertido en un pasaje del terror, a tenor del número de fantasmas que se pasean por ella. Y muchos de ellos, desde el nativismo húngaro al soberanismo británico, pasando por los nacionalismos escocés y catalán, echan mano del referéndum como instrumento político. ¡La democracia auténtica! Aquella que quita voz a los representantes para dársela al pueblo.

Que se trata de una voz impostada lo prueba con creces, aún antes de celebrarse, el referéndum británico sobre la pertenencia a la Unión Europea. Su propia convocatoria está lejos de deberse a un prurito de honestidad nacional y obedece más al deseo de David Cameron de consolidar su liderazgo entre los tories, históricamente desgarrados ante la cuestión europea. Dejemos a un lado los sólidos argumentos habituales contra el uso del referéndum, que van desde su naturaleza polarizante a la falibilidad natural de un electorado incapaz de comprender asuntos complejos, y preguntémonos si alguien puede de verdad creer que el resultado del 23-J reflejará con precisión el juicio -o mejor dicho, la opinión- de los ciudadanos británicos sobre la Unión Europea.

Difícilmente. Son los jóvenes quienes más favorables se muestran a permanecer en Europa, pero los jóvenes siempre votan menos; muchos de ellos, además, tendrán grandes dificultades administrativas para hacerlo por encontrarse estudiando fuera de sus municipios. Por el contrario, el partidario del Brexit es un sujeto apasionado que lleva esperando este momento cuarenta años y saldrá a votar aunque padezca una angina de pecho. Los laboristas quieren quedarse, pero apenas dedicarán recursos propios para hacer campaña y sacar a su rival conservador del atolladero. Mientras, más de un millón de expats británicos viven en el continente europeo, pero no podrán votar.

Quizá el pueblo tenga una voz; las sociedades democráticas, en cambio, son polifónicas. De ahí que a estas alturas del nuevo siglo podamos postular al pueblo como enemigo de la sociedad: un sueño de unanimidad del que no acabamos de despertar. Y la moda del referéndum -atajo político cuya fuerza afectiva es inversamente proporcional a su sofisticación intelectual- no nos ayuda a despertar.

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