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El todo o la nada

Foto: Claude Paris | AP

Nuestro mundo se dirige ciego a los extremos. El filósofo francés René Girard planteó esta posibilidad en uno de sus últimos libros, dedicado al pensamiento del gran teórico de la guerra Carl von Clausewitz. Si los habituales diques de contención fallan –ya sea la legitimidad del mito en que se sustenta una cultura o la robustez del pacto constitucional–, se abre paso el contagio vírico de los fanatismos. Es decir, sin límites no hay que buscar tanto los motivos de la razón como el mecanismo de las pasiones. Cuando caen las ficciones compartidas y el emperador deambula desnudo, la risotada del pueblo adquiere tintes carnavalescos. Sólo que no es la alegría lo que rige, sino el desenfreno oscuro del resentimiento. El resentimiento –nos dirá Girard en este mismo ensayo– constituye “la pasión moderna por excelencia”. Es algo que comprobamos a diario. Es algo que podemos palpar con nuestras manos y ver con nuestros ojos.

El momento actual de la política refleja esa escalada hacia los extremos. La violencia es latente, posmoderna. El latido que se percibe es la reciprocidad, que palpita de forma acelerada. Como sus pautas no son estrictamente racionales, las apelaciones a la moderación caen en el saco roto del descrédito: pertenecen al mundo de ayer y no al de mañana. Forzosamente, en ese escenario los partidarios de la reconciliación se encuentran en minoría frente a los partidarios del enfrentamiento.

Entender la lógica de los extremos permite situarnos ante el futuro y preguntarnos cuáles serán sus consecuencias. “El racionalismo occidental –escribe Girard– acciona como un mito: siempre porfiamos en no querer ver la catástrofe”. El principio del todo o nada ilumina el sendero peligroso por el que transitamos. El todo o nada representa el fundamento contrario de la pulsión democrática, la negación misma de sus valores integradores. El todo o nada es la guía de los populismos y la gramática recurrente del puritanismo moral. Por supuesto, nadie se puede llevar a engaño: el todo o la nada puede fundar un mundo nuevo. La pregunta es: ¿qué mundo y a qué precio?

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