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El tomate de Proust

Foto: Roychan Kruawan | Unsplash

Yo, os lo juro, aquí donde me veis, sé lo que es acariciar la vellosidad de una tomatera y sentir la inmediata impregnación de la fragancia genuina del tomate; sé lo que es abrir un tomate y notar que el aire se va empapando de esos compuestos volátiles tan aromáticos que anticipan en el paladar la irrupción de su peculiar dulzura ácida. Lo sé porque he tenido el tomate paradigmático en mi boca. Por eso lo busco sin tregua con la esperanza de un reencuentro y aunque solo doy con tomates plebeyos y contentadizos, sin ninguna aspiración a la virtud, no estoy dispuesto a rendirme. Tiene toda la razón Guy Debord: nuestra sociedad está empeñada en bautizar los nuevos sufrimientos que va inventando con el nombre de antiguos e irrecuperables placeres. ¡No hay derecho! ¡Llamar tomates a estos tomates que nos venden como si fueran tomates!

Busco el Tomate esencial como los místicos buscaban a Dios: por el rastro remoto que su esplendor ausente va dejando en la reminiscencia de mis platos. Persigo el absoluto en lo finito sin dimitir de mi esperanza, a pesar de la frustración permanente de mi esfuerzo. Siento que hay una nobleza en la resistencia y no me resigno a pintar como Beethoven o a cantar como Goya. La justificación de mi búsqueda tiene menos que ver con el éxito de mi empeño, que con el ejercicio de afinar mi paladar, gracias al cual me voy librando de la caída en el nihilismo del fast food. Además, así me reafirmo en mis convicciones conservadoras, pues todo intento de mantener vigente el significado auténtico de las palabras es conservador; como en todo cuerpo saciado se encuentra el valor de la transmisión del pasado al presente.

¡Y pensar que el primer trozo de tomate tuvo que abrirse paso a mi boca entre los ánimos de mis padres y mis reticencias! El sabor del tomate se me impuso a la fuerza, como se impuso cualquier institución conservadora en su momento (no hay institución conservadora que no tenga un origen revolucionario). El tomate usurpó en mi paladar un lugar que fue del pezón de mi madre, o del chupete, o de la primera papilla y alcanzó a codazos el sitial de mi melancolía, como todo ideal conservador.

Crecer… ¡ay! … es mantenerse permanentemente sublevado contra la tiranía del deseo insatisfecho sin esperanza de victoria.

A Ignacio Peyró, Guardián de los Sabores.

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