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El tráiler de la ruptura

"Pese a los miles de muertos y la negrura del futuro español, el Gobierno está perdiendo el fuselaje"

Foto: Emilio Naranjo | EFE

Espiritada, a la manera de una pintura holandesa, la señora presidenta, Batet, acudió a la sesión vestida de negro. La mañana empezó con un elocuente minuto de silencio después de que la semana pasada ella misma se viera sorprendida por una petición súbita de Casado (PP). El Gobierno habla de la “transversalidad de la sociedad española”, de los “consensos”, “de la sensatez”, “de que nadie se quedará atrás” y cuando su descaro le aprieta recurre a la Constitución como el que recurre a una cabeza de ajo contra los vampiros.

El fondo de este debate sobre el luto y la culpa se debe a que el presidente Sánchez no considera procedente la declaración nacional, porque, según aclaró en una teleconferencia con la FEMP, no lo recomiendan los encargados de protocolo. Ahí están los expertos, emboscados en el protocolo o en cientos de miles de eufemismos sembrados en La Moncloa. Se llega a sospechar que el Gobierno tiene la capacidad de mentir incluso quieto y callado.

Casado y Edmundo Bal (C's) fueron al mismo compás, solicitando explicaciones sobre las consecuencias sociales de la gestión de la pandemia y pidiendo el reconocimiento de errores; Sánchez los oyó y pausadamente se puso a deshojar la margarita: lo mismo decía que sí, que decía que no. Según el presidente algunas cosas se habían hecho bien y otras mal. Es posible que hubiera una cucaracha en la sopa, pero la sopa tenía buen sabor. El socialista los mismo recalcaba “es evidente, actuamos antes” que también “yo asumo todos los errores de este Gobierno”.

Lo de “es evidente” recuerda a Santiago Amón y la expresión “es obvio”, a la que suele seguir la explicación de lo que se suponía “obvio”. No debe ser entonces “tan obvio” si hay que explicarlo. “Evidentes”, por muy lejos que quede, son las medidas tomadas en Nueva Zelanda por su primera ministra, Jacinda Ardern, quien ha rebajado el sueldo de todo el Gobierno un 20% durante los próximos seis meses, tiene los mejores datos por su previsión y valentía y atiende a los ciudadanos por teleconferencia y en pijama cuando acaba su jornada laboral. “Evidente”.

Iñigo Errejón apareció con un pregunta de ayuda a Sánchez y ahí el presidente se gustó con el verbo “empatizar”, “nosotros empatizamos con los autónomos, con la sostenibilidad, con...”, decía en respuesta al líder de MP, que reclamaba que las grandes empresas tributaran en España y que pagaran por la ayuda pública que van a recibir. Pero el ciudadano Bal se había aprendido todas las improvisaciones, contradicciones y errores del Ejecutivo y las recitó como en un examen de notaría: los niños, los deportistas, las inciertas fases de desconfinamiento, la ausencia de material para los sanitarios, las cifras....Sánchez se defendió con munición de reproches, incluida una mención a la subida de sueldo del presidente de Murcia (?) y luego, como en lo de la margarita antes explicado, se quedó con que Ciudadanos está dispuesto a su plan de reconstrucción.

Quizá lo más significativo de la Sesión es que se intuyó lo inminente: la ruptura del acuerdo de mínimos de los días de la Alarma. Pese a los miles de muertos y la negrura del futuro español, el Gobierno está perdiendo el fuselaje. En las palabras de Casado venía ya el desacuerdo para nuevas prórrogas, para más convalidaciones de decretos, ya ni con la nariz tapada; en las de Bal, quedó patente el hastío del desprecio que el Gobierno concede a Ciudadanos e incluso en Esquerra se manifestó el distanciamiento con Sánchez. “Ustedes no dialogan y han aprobado que pronto podremos ir a tomar una cerveza a un bar y seguiremos sin poder ver a nuestros abuelos y padres”, vino a decir Rufián.

Viendo a Sánchez y a este Gobierno y escuchando al vicepresidente Iglesias percutir con el “escudo social” más grande que vieron los tiempos, se vienen a la cabeza las palabras de Tono, aplicables a todos los que han sufrido la inoperancia del Ejecutivo: “Comprendo -escribió Tono- que Londres tendrá muchas cosas en qué pensar (lo de las colonias, lo del Mercado Común, lo de Gibraltar, lo de los Beatles...) y, claro, no le queda tiempo para pensar en mi modesta persona. Pero no deja de ser una injusticia, porque (...) también uno tiene lo suyo que hacer, como Londres, y, sin embargo, siempre encuentra uno un clarito para pensar en él”.

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