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El último tipo de Europa

Foto: Angel María Cortellini | Museo del romanticismo

Espero que mi admirado José Ramón Márquez no me frunza el ceño si me atrevo a decir que el toreo moderno fue, en parte, una creación del romanticismo europeo y que encontró en Juan Montes Reina, Paquiro, a su figura reverencial. Sean las que sean las imágenes que seleccionemos para ilustrar el estado anímico que fue el romanticismo, la selección estará incompleta si no incluye al Capitán Ahab y al torero Paquiro.

Nacido en Chiclana en 1805, Paquiro fue un innovador de la lidia. Creó el traje de luces y para la gente del pueblo era el majo arquetípico. En 1836 escribió, junto con Santos López Pelegrín, su célebre Tauromaquia completa, que en un tiempo de constituciones, consigue ser la constitución del toreo.

Adolphe Bayot difundió su imagen en un grabado que circuló por Europa con la leyenda “Montes primera espada de España”. Los ingleses importaron, a través de Gibraltar, pañuelos de seda con su efigie mientras sus periódicos aseguraban que era tan celoso que no dejaba salir a su esposa de su lujosa casa de Chiclana, que le regalaba trajes de última moda para que los luciera paseando con él por sus jardines y que, cuando bebía más de la cuenta, escupía sobre sus lujosísimos muebles y gritaba siseando: “Todo esto es mío, yo lo he ganado, y lo ensucio porque me da la gana.” Escribieron sobre él Théophile Gautier, Prosper Merimée, Alejandro Dumas, Rilke…

Si Stendhal admiraba a España por ser “el único pueblo que se atreve a hacer lo que se le antoja, sin preocuparse de los espectadores”, Paquiro era la síntesis de lo español: imprevisible, valiente, impetuoso, ignorante de convenciones y antiutilitarista. “Me gusta el español porque es el tipo; no es copia de nadie. Será el último tipo de Europa”, decía Stendhal.

Era Paquiro tan singular que en vez de morir pareció morirse el 4 de abril de 1851. Digo que pareció porque los médicos no se atrevían a darlo por muerto y estuvieron velándolo en el depósito del cementerio municipal, hasta que el hedor les obligó a firmar el acta de defunción.

Yo no tengo las dotes para la observación que tenía Stendhal, pero me da que el tipo español no es el torero, sino el aficionado a los toros y que algo suyo está sobreviviendo a la agonía del arte de Cúchares. Me explico. En la Tauromaquia completa urge Paquiro a rebajarle los humos al aficionado que, puesto que ha pagado una entrada, piensa que “tiene un derecho a ser atendido y a que nadie le estorbe ni moleste”. “Cree tener en los toros una soberanía indisputable”. Por eso entra en la plaza con garrotes y varas, causando daños al edificio y a los oídos (parece que aún no se consumían pipas).

De la real soberanía del aficionado a los toros da fe lo sucedido en la Barcelona de 1835 (Paquiro estaba en la cima de la gloria), que una canción popular resumió de esta manera:

“El dia de Sant Jaume de l’any 35

hi va haver gran broma dintre del toril;

van sortir set toros, tots van ser dolents,

això va ser causa de cremar els convents”.

 

Lo que en un primer momento fue una protesta contra el desarrollo frustrante de una corrida, continuó con gritos de “¡Viva el pueblo rey!” y acabó con la quema de los conventos de San José, dominicos, agustinos, franciscanos, trinitarios y carmelitas descalzos.

Les cuento esto, porque leyendo aquel párrafo de Las Leyes en el que Platón asegura que la democracia es, básicamente, una teatrocracia, es decir un régimen político dominado por el espectador del espectáculo político, me he preguntado si el espectador teatrocrático español no es, genuinamente, el aficionado a los toros. Me da que todos lo llevamos dentro y que contemplamos la vida política con la íntima convicción de que, con la entrada, hemos comprado también nuestra soberanía para escupir, si se nos antoja, sobre lo nuestro.

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