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El último trance

A pesar de la cruzada fracasada que las sociedades contemporáneas emprendieron contra las drogas, su uso ha estado ligado a la naturaleza humana desde que el hombre es hombre. Ha sido un elemento necesario en los ritos religiosos, y aun hoy el vino constituye el elemento central de la eucaristía. También los festejos paganos y los pasos de iniciación han estado, de Norteamérica a África y del Cono Sur a Asia, presididos por brebajes, hierbas, cortezas y hongos destinados a inducir estados alterados de conciencia.

El misticismo solo necesita de drogas y privaciones. Restricciones de agua y alimento e ingesta de sustancias con propiedades visionarias, acompañadas de letanías musicales, repetitivas y cadenciosas, para acelerar el tránsito trascendente. La importancia de la música en este proceso se observa, más allá de las celebraciones tribales, en nuestros días. La película 24 hours party people retrata muy bien la estrecha relación entre el consumo de drogas y el auge de la música de baile a principios de los 90. Los loops hipnóticos, con fraseos de sintetizador cortos y melódicos, de la música techno constituyen un catalizador del trance.

Sin embargo, en algunas ocasiones, esa sugestión mística puede llegar sin concurso de fármacos psicoactivos ni privaciones físicas o sensoriales. Recuerdo la primera vez que me pasó. Tenía catorce años. Llovía en Madrid. Es fácil recordarlo, porque pocas veces llueve en Madrid. Era el comienzo del otoño, cuando uno todavía agradece las nubes y los charcos. La lluvia se derramaba con densidad de mercurio, ventanillas abajo, mientras papá conducía camino del entrenamiento. Entonces nos detuvimos en un semáforo y puso aquella cinta que acababa de comprar: Ten new songs. Luego sonó A thousand kisses deep, con su compás de mantra y su peso de plomo. Cuando me quise dar cuenta había trascendido lo real para instalarme en un trance místico.

Ese efecto de la música sobre los sobrios es insólito. Volví a experimentarlo mucho tiempo después, en las canciones de Van Morrison. Astral weeks es un disco para psiconautas. Cuando suena Sweet thing tú ya te has marchado del mundo. Algo parecido sucede con Songs of love and hate, de Cohen. Avalanche te lleva en volandas a un lugar profundo, cálido, donde las voces se oyen lejos y las cosas suceden despacio. Me gusta pensar que allí es donde está ahora Leonard Cohen.

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