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"El universo se expande"

Nuestro país vive en una suerte de interinidad política desde que salió formalmente de la crisis en 2015

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

Eso respondió el niño Alvy Singer en Annie Hall, la película de Woody Allen, cuando le preguntaron por qué estaba apático, desganado, distraído en el colegio y en casa. Conocer el hecho de que el universo se expandiera –y que posteriormente se contrajera hasta el colapso– le había dado de pronto la medida del ridículo de sus preocupaciones y sus afanes cotidianos. Y algo parecido he sentido estos días leyendo dos libros a la vez. El primero es una crónica del procés, un buen libro, que aborda desapasionada pero minuciosamente lo que su autor denomina un “ensayo general de una revuelta”. Pero el primer libro podría haber sido cualquier otro que tratara de algún asunto de actualidad. Porque es el segundo el que arrastra hasta una perspectiva histórica muy amplia y hace parecer algo ridículo todo lo demás. 

En Orígenes –que así se llama el segundo libro–, el biólogo Lewis Dartnell cuenta con pasión, y de forma pedagógica y paciente, cómo la historia de la Tierra ha determinado la historia de la humanidad. Se remonta a los orígenes del mundo, nos habla de la evolución de las placas tectónicas, del nacimiento de la vida, de los dinosaurios, de la emigración del homo sapiens desde África por culpa de cambios en el clima derivados de la irrupción de grandes cordilleras… En definitiva, de grandes fuerzas que trascienden nuestros deseos y nuestra voluntad. Sus páginas abarcan miles de millones de años, pero se hacen realmente cortas. Una excelente crónica de nuestra insignificancia histórica que funciona muy bien como contrapunto de un presentismo cargado de épica de cartón piedra. 

Al comparar las tareas y deberes del tiempo presente con las del tiempo profundo, es difícil no sentir la necesidad de una cura de humildad. Sin que se nos vaya de las manos, porque los problemas, aunque no tan importantes, siguen siendo reales, y no se trata de ir respondiendo a cada sobresalto cotidiano con un lánguido: “el universo se expande”, o con el “preferiría no hacerlo” del Bartleby de Herman Melville. 

Algo parecido puede decirse de la convocatoria de elecciones, las cuartas en cuatro años. La primera reacción ha sido de frustración y desconcierto en grandes capas de la población, especialmente las que optaron por formaciones de izquierda, pero no sólo. Cualquier crónica de coyuntura nos habla de un fracaso, y es difícil no coincidir en el diagnóstico. La situación de España y del mundo reclaman gobiernos más ágiles, valientes e innovadores ante los retos presentes, algo que pasa por más estabilidad. En cambio, nuestro país vive en una suerte de interinidad política desde que salió formalmente de la crisis, en 2015. Pero, siendo grave, España sigue en su periodo de mayor progreso de su historia, y es muy probable que el bloqueo no resista otro domingo electoral. 

Ir de nuevo a las urnas revela que algo no ha funcionado bien en nuestro sistema político, y no hay que banalizar el asunto, sobre todo por la tentación antipolítica que genera, y porque la relación entre ciudadanos e instituciones no pasa por su mejor momento en ninguna democracia. Tampoco en la nuestra, porque en esto Spain is not different. Pero, como decía alguien son sorna en Twitter en relación a volver a votar, “esto con Franco no pasaba”. No conocí a mi abuelo materno. Era médico y, según me cuentan, goloso como era, siempre que mi abuela le reconvenía con un “Antonio, de grandes cenas están las tumbas llenas”, él le respondía con un: “no, están llenas de lo contrario”. Por eso, pese a todo, a votar el 10 de noviembre.  

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