The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

El valor de la Transición, hoy

Los profesores universitarios a veces sentimos tanta curiosidad por conocer el mundo que incluso aprendemos cosas de nuestros alumnos borrachos. Es lo que les ocurrió a Daniel Katz y su mentor, Floyd Allport, con el gran número de estudiantes que, a inicios de los años 30, abusaban del alcohol en el campus de la Universidad de Princeton. Si el recurso a líquidos espirituosos era tan frecuente, se preguntaron Katz y Allport, ¿era porque verdaderamente los estudiantes ansiaban beber tanto o porque creían que la costumbre era esa y querían adaptarse a los gustos de todos? Su investigación dio como resultado que, de media, los estudiantes deseaban alcoholizarse bastante menos de lo que pensaban que la mayoría quería beber. Es decir, todos creían que había una opinión mayoritaria que, en realidad, no era mayoritaria. Katz y Allport denominaron a este hecho “ignorancia pluralista”.

Si ambos investigadores vivieran hoy en España y se interesaran por los intelectuales patrios en lugar de por los alcoholizados norteamericanos (salvadas las distancias), es probable que efectuaran idéntico hallazgo de nuevo. Prolifera en buena parte de la universidad española la idea (que a menudo los medios de comunicación o ciertos políticos se encargan de difundir) de que no hemos sido lo suficientemente críticos en España con nuestro pasado más reciente; en concreto, con la Transición española de la dictadura a la democracia. Que somos demasiado benévolos con ella, que solo destacamos sus aspectos positivos, a la par que minusvaloramos los lastres que el franquismo impuso a nuestro país.

Esta noción, sin embargo, resulta sencilla de desmontar. Aunque nuestros intelectuales incluso lleguen a perorar a veces sobre un supuesto olvido de nuestra historia próxima (con frecuencia para, acto seguido, exigir financiación para su proyecto de investigarla ahora-ya-sí-de-verdad), no es complicado acudir a bibliotecas, videotecas, catálogos y librerías para comprobar que estamos aquí ante una mera “ignorancia pluralista”: esos intelectuales “críticos” atribuyen a la mayoría de intelectuales un carácter poco crítico, pero es falso que la mayoría haya actuado así. En su reciente discurso de entrada en la Real Academia de Historia, significativamente titulado “Espacios de libertad”, Juan Pablo Fusi ofrece, por ejemplo, una buena síntesis de la inmensa cantidad de artículos, monografías, novelas, ensayos, datos, biografías, poemarios, largometrajes, dramaturgia, obras de arte y congresos que han girado en torno a nuestro pasado reciente. Que refutan, en suma, la existencia de cualquier “olvido” del mismo o “falta de crítica” hacia él.

En algunos casos, los datos son demoledores: en 1985, apenas acabada la Transición, ya existían 16.000 títulos acerca de la Guerra Civil, como ha contabilizado otro historiador, Julián Chaves. En torno a la propia Transición, la bibliografía crítica “fue enseguida casi inabarcable”, señala Fusi, que aun así se afana en el libro citado por mencionar lo más granado. Poco plausible parece pues esa idea que sostienen algunos de que la Transición se fundó sobre el olvido: bien al contrario, se fundó sobre un recuerdo vivo de lo espeluznante que resulta la violencia cuando es el medio elegido por uno u otro bando de españoles. Y ese recuerdo contribuyó seguramente a que casi todos (la excepción fueron los terrorismos de una u otra tendencia) prefirieran la concordia al enfrentamiento.

Pero no solo los datos cuantitativos, sino también los cualitativos pueden ayudarnos aquí. El que hoy muchos consideran padre de la Ética como disciplina académica en España, José Luis López Aranguren, mantuvo durante toda la Transición una postura extremadamente crítica hacia ella, hasta casi rozar el rigorismo: algo que, quizá, ha marcado el tono excesivamente moralizante que sus discípulos, mayoritariamente de izquierda, sostienen hasta hoy en día. El periódico paradigmático del momento, el nuevo diario que venía con la democracia y quería convertirse en paladín de ella, El País, asestó editoriales, titulares y artículos de opinión tan contundentes como, a veces, feroces contra muchas de sus figuras: basta echar un vistazo a la hemeroteca. Incluso un intelectual habitualmente sereno y de juicios ponderados, como Julián Marías, cambió pronto sus simpatías iniciales hacia la Transición por una honda preocupación acerca de qué derroteros tomaba nuestra democracia.

Hay algo de desfachatez intelectual, pues, en aquellos que murmuran contra nuestras clases ilustradas por un presunto panegírico permanente hacia la Transición o por un no menos presunto olvido de nuestras tragedias. Ahora bien, hemos de reconocer que sí existen dos ámbitos en que podrían cosechar algo de razón quienes así se quejan: dos ámbitos en que la evaluación de nuestra Transición sí resulta arrolladoramente positiva. El primer ámbito es el conjunto de la sociedad española. El segundo es la realidad.

En efecto, con respecto al primero, hay que recordar que, incluso en medio de nuestra reciente crisis económica, la mayoría de españoles nos hemos decantado netamente a favor de la Transición: una encuesta de enero de 2014, por ejemplo, elevaba hasta un 60 % el número de compatriotas que se sentía muy o bastante orgulloso de ella. Hace apenas diez días, con motivo de la conmemoración de nuestras primeras elecciones y Cortes democráticas, una encuesta de Invymark para La Sexta elevaba hasta casi el 86 % el porcentaje de españoles que valoramos muy positiva o positivamente la Transición, con solo un 0,4 % que la evaluaba muy negativamente. Incluso entre los votantes de Podemos, cuyos dirigentes a menudo recelan de tal éxito de nuestro pasado, los porcentajes eran, respectivamente, de un 75 % de valoración positiva o muy positiva y de un 0,9 % de evaluación muy negativa, con un mero 11,6 % de juicios negativos en tales filas.

Así que los intelectuales que desearían que predominara un juicio draconiano de nuestra Transición tienen cierto motivo para sentirse algo solitos. De hecho, tampoco parece acompañarles la realidad de las cosas. En estos últimos cuarenta años, España ha logrado convertirse en una de las únicas 19 democracias plenas de nuestro mundo, según el Democracy Index del The Economist. En términos de riqueza per cápita, hoy corresponde a cada español casi el doble (31.450 dólares) de la que le tocaba al acabar la dictadura (que era solo de 16.591 dólares, a precios constantes), y eso lo hemos hecho a la vez que hemos aumentado nuestra población en más de diez millones de personas. En un mundo tan competitivo como el actual, seguimos estando en el selecto club de las quince economías con mayor peso del globo, mientras nuestra esperanza de vida ha aumentado diez años, lo que nos ha llevado al tercer puesto mundial.

Dicho en pocas palabras, España es hoy, cuarenta años después de nuestras primeras elecciones tras Franco, y dentro de un mundo que a menudo olvidamos lo turbulento que es, uno de los mejores países para vivir. Y aunque no todo ello se deba a la propia Transición, convendremos en que sin duda esta habrá tenido que ver nuestra historia con nuestros éxitos. No somos ningún paraíso, por supuesto; nos contrarían aún problemas múltiples y acuciantes. De varios de ellos llevamos ya dos años hablando en este evento, a cuya edición de este verano aprovecho para invitar desde aquí al lector. Pero el país próspero y adulto que hoy somos debería aprender cuanto antes esta última lección: la de desconfiar de quien aprovecha esos defectos nuestros para pintarnos como un infierno y dibujar la Transición como la madriguera de tal averno. La de recelar de quienes nos prometen que, si nos echamos en sus manos, ellos sí nos guiarán, cual panda de Moisés redivivos, hacia una presunta Tierra Prometida, llámese esta “la Patria de la Gente” o “la Cataluña independiente”. Pues esto es, de hecho, lo peor que nos queda de la época franquista: el exagerado prestigio que seguimos atribuyendo aquí a populistas y nacionalistas de uno u otro jaez.

Más de este autor

Más en El Subjetivo