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El verano de Anacreonte

Foto: Jean-Léon Gerome | Musée des Augustins

Nos ocurre con los poetas griegos arcaicos que -sabemos- sus poemas eran más bien largos (como los de Píndaro, probablemente) pero apenas algún poema nos ha llegado entero, de manera que los leemos casi en su totalidad en fragmentos, a veces incluso de un solo verso, que nos han llegado citados por otros poetas o eruditos antiguos o bizantinos o, más modernamente, a través de papiros egipcios, como los célebres de Oxirrinco.  Afortunadamente -sobre todo a partir de algunas vanguardias- la modernidad ha dado validez al fragmento, “la estética del fragmento”, como el siglo XVIII dio validez a las ruinas y dejaron de destruirse estas para reutilizar sus piedras…

El verano de Anacreonte 1

Anacreonte por Jean-Baptiste Claude Eugène Guillaume, 1849/51 | Imagen vía Wikimedia Commons

 

Desde ese momento ya lejano, imaginé el Mediterráneo y el hedonismo de Anacreonte como una permanente invitación al verano

Estudiante de griego, una de las primeras nuevas citas líricas que me aprendí de memoria fue un fragmento de Anacreonte de Teos, que (traducido) dice: “Vengo del río, todo lo traigo brillante…” Desde ese momento ya lejano, imaginé el Mediterráneo y el hedonismo de Anacreonte como una permanente invitación al verano. Anacreonte (que no es el autor de las llamadas “anacreónticas”, muy posteriores) nació hacia el 574 a. C. en una ciudad del Asia Menor -hoy Turquía- llamada Teos. Acaso el año mismo en que murió su cercana Safo de LesbosPresionados por el avance del Imperio persa, los jonios de Teos se marchan a Tracia, donde fundan la ciudad de Abdera. Ya joven, Anacreonte, que es un hedonista cálido, marcha a Samos, donde lo ha reclamado el tirano Polícrates, para que sea el mentor de su hijo, del mismo nombre. De Samos, Anacreonte -ya poeta notorio, por lo que sabemos- marcha a la Atenas de Hipias, donde vivirá posiblemente el resto de su vida, muriendo el año 485.  Unos dicen que llegó a escribir unos seis libros poéticos, pero sólo tenemos trazas de tres, y por supuesto fragmentados.

El verano de Anacreonte 3

Los papiros de Oxirrinco. Libro II de Safo | Imagen Wikimedia Commons

Es -con Safo y Alceo- el gran poeta que se acompaña con la lira. Amante de las muchachas jóvenes, pero sobre todo de los muchachos -nos han llegado los nombres de Batilo y de Cleóbulo-, a los que frecuenta en los gimnasios (donde se estaba desnudo), en los ríos o en los banquetes, pues Anacreonte ama el placer de gozar y de besar y teme a la vejez como a una guadaña, con la que nos castiga el Tiempo tremendo…  El amor es locura y desarreglo, pero está asimismo pleno de armonías y delicias. Dice Anacreonte (en traducción de la poeta Aurora Luque): “De Cleóbulo estoy enamorado, / por Cleóbulo estoy aún más que loco,/ a Cleóbulo mis ojos lo persiguen…” En otro fragmento habla de un chico παρθενιον βλεπων, que quiere decir “con mirada virgen” o “de virgen”… Siendo un poeta del placer, del amor y de los goces, no es raro que él fuera el primero en decir que la gran Safo (maestra, digamos, de una escuela de muchachas) se enamoraba de ellas y tenía relaciones de intimidad.

Anacreonte ama el placer de gozar y de besar y teme a la vejez como a una guadaña.

En la misma línea, es también muy coherente -aunque traicione por una suerte de blandenguería rococó al verdadero Anacreonte- que tanto los alejandrinos como después los mismos bizantinos -es decir, siglos después de la muerte del Anacreonte real- inventaran unas composiciones ligeras y juguetonas llamadas “anacreónticas”, como antes avisé. El siglo XVIII las adoptaría encantado y un gran poeta de nuestros siglos áureos, Esteban Manuel de Villegas, las bordó. Pero son otra cosa. Escuchemos: Anacreonte: “Con riñas y locuras/ juega a los dados Eros.”. Una anacreóntica (fragmento): “Debajo de estos mirtos/ y de estos verdes lotos,/ beberé dulcemente/ echado sobre el codo…” Como mucho, pudiéramos decir que se trata de un cercano mundo hedónico, pero el tono, el timbre, son completamente diversos. Avisamos: las anacreónticas no son obra del genuino Anacreonte, que también escribió: “Bello es en el amor el equilibrio.” O “En el brindis ofréceme, amigo,/ tus muslos delgados.”

El verano de Anacreonte 2

Estatua de Cleóbulo de Lindos en Rodas, Grecia | Foto: Bernard Gagnon vía Wikimedia Commons

No es que en las costas de Grecia no haya invierno (suave, por lo general) pero yo me imagino siempre la sensualidad de Anacreonte en el verano. En la siesta, con zumbar de abejas. En las noches cálidas de oreo suave, acariciando los muslos tersos de un muchacho hermoso. En el “Cármides” de Platón, Sócrates a la puerta de un gimnasio, se turba al ver los muslos del bello Cármides, porque se le entreabre el manto.  Una fórmula habitual en el griego antiguo para ponderar la belleza de un chico era decir “el de hermosos muslos”. Pocas veces -hasta tiempos muy modernos- se había plasmado esa mirada que privilegia en belleza los muslos de los jóvenes. No labios, ojos o genitales, sino los muslos… Anacreonte da cuenta de sus normales contradicciones: “Me enamoro otra vez y me desenamoro,/ loco me vuelvo y no me vuelvo loco.” Sin embargo, es muy poco lo que realmente conocemos de Anacreonte.  Y al poeta (o al narrador) pueden venirle deseos de inventarse desde la verdad conocida al viejo poeta sensual de Teos.

Una fórmula habitual en el griego antiguo para ponderar la belleza de un chico era decir “el de hermosos muslos”

¿Por qué no escribir unas “Memorias de Anacreonte” o acaso con mayor coherencia y juego histórico, unas “Memorias de Cleóbulo”? Imaginemos que -mayor ya- el antiguo amado de Anacreonte, casado en Atenas o en Samos y hombre de fortuna, que también probó la vida militar contra los persas, se acuerda de su lejano maestro, celebrador y erasta. Y entonces, en las mañanas, cerca del mar, dicta a un esclavo que sabe escribir: Fue hace mucho. Y él me contó que su familia, en Teos, había huido de los persas. Me gustaba oírle hablar y mirar las canas primeras de su barba. Pero -no mentiré- me gustaba cuando en la sombra meridiana, solos, me retiraba el manto y me besaba diciéndome frases o versos que sonaban llenos de suavidad o hermosura… No sé si era su mano sabia la que me excitaba o el susurro de su voz y aquellas palabras mientras me acariciaba los muslos… Teníamos calor. Hacía calor y todo era muy tranquilo y muy grato… (Alguien debió encontrar una rara copia de esos recuerdos, porque en la Edad Media seguro que algún riguroso monje, incluso en Bizancio, los habría destruido.) Anacreonte. El sol del verano.  

 

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