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El verano

Foto: Priscilla Du Preez | Unsplash

Cuando terminaban las clases, se suspendía el tiempo. Los que teníamos pueblo, dejábamos nuestras ciudades para ingresar en una dimensión diferente.  A las rigideces escolares les sucedían, de golpe, licencias y mundos extraordinarios: se extendían los horarios de llegada nocturna, se convivía con chicos y chicas de edades y procedencias diferentes, se ampliaba el espacio al que podíamos acceder alejados de la protección de nuestros padres. El río con su presa y el valle con el frescor de los álamos, los helechos y el musgo que –eso lo aprendimos después- daba siempre a norte. Los juncos y sus tallos blanquecinos, mascando los cuales pasábamos las horas, combatíamos la sed y aprendimos a jugar a las cosquillas. Los robles con sus agallones todavía verdes que respetábamos solo para alzarnos con ellos como trofeos en el puente de octubre, cuando saldríamos a setas. Pero para eso aún quedaba mucho.

Antes nos esperaban por delante un verano y mil aventuras: las fiestas del Carmen, con la procesión de mujeres que rezaban y hombres que cargaban con la Virgen y se sentaban atrás en la capilla, como si ellos, a diferencia de sus mujeres, no supieran hablarle a Dios; las excursiones al pinar, con sus troncos infinitos y en cuyas cortezas nuestra imaginación reconocía, como recién esculpidas para nuestro deleite, siluetas fantásticas. Todavía nos parecía normal ver detrás de todo una mano buena. También en el esplendor de nuestras obras: en la cabaña entre aquellos pinos camino de las eras de la lastra, en la quintaesencia de ingeniería casera que eran las ballestas con las que salíamos a cazar lagartijas, en los eternos partidos de futbol que tenían como único límite la hora de la cena.

Septiembre planeaba sobre un horizonte todavía lejano, acercado solo de tanto en tanto por la visión, en aquella estantería, de los cuadernos de ejercicios que, como cada verano, rellenaría en alguna tarde de tormenta hacia finales de agosto. Pero para eso aún quedaba mucho.

Las noches de verano tenían su propia liturgia. Las peleas con mamá por retrasar la hora de regreso a casa, los gritos por hacerse con el baño, la última mirada en el espejo para colocarse el flequillo: porque quizás esa fuera la noche en que ella se diera cuenta por fin de mi presencia. Y después, ya todos los amigos en la plaza, los largos paseos huyendo de la luz de las farolas, camino a la oscuridad sin la que –como en la vida- no se alcanza a ver la luz de las estrellas. Había, además, quien conocía sus nombres y sus formas: las Osas y Orión, Casiopea y aquel grupito de estrellas diminutas que dibujaban una interrogación. Pasábamos las horas invadidos por tal felicidad que parecía que el tiempo fuera a detenerse a cada instante.

Luego de san Lorenzo refrescaban las noches y el tiempo se embalaba. Las moras se teñían, poco a poco, de un negro rojizo mientras la llegada de septiembre me llenaba de preguntas: ¿Durará esta felicidad para siempre? ¿Terminará al cruzar el puerto? Cuántas veces pensé –nunca lo dije- que aquella mano había puesto allí ese puñado de estrellas para significar mis preguntas, esas que, durante tantos veranos, pensé que solo podría mascullar en soledad o dirigirle al anónimo firmamento.

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