Aloma Rodríguez

El vídeo de la boda

«Supongo que para eso sirven los álbumes, los vídeos de los eventos, para ver cómo éramos, cómo fuimos»

Opinión

El vídeo de la boda
Foto: Alvin Mahmudov| Unsplash
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

El vídeo original de la boda es un VHS que unos sobrinos, por parte del novio, han digitalizado ahora que hace poco más de un año que su tío, el novio, murió. Lo grabó un amigo de la novia. Era la primera boda que se hacía en la ermita de ese pueblo de Teruel en años, así que nos pasamos varios días desbrozando el camino para que pudieran llegar los coches hasta allí, porque mi abuelo, el padre de la novia, había pasado la polio de pequeño y las secuelas le habían dejado dificultades al caminar. En el vídeo se ve el coche en el que llegan mi abuelo y mi tía, la novia y el padre, y tiene esa emoción que transmite ver la felicidad sincera de los demás. Es el verano de 1995, en la misa se cantan canciones de misa, las cantan mi madre y mis tías. Es la única de las hermanas que se casa por la iglesia. La madre del novio lleva una peineta con mantilla y eso hace que parece que la boda se produzca varias décadas antes. La novia, mi tía, está radiante de felicidad.

El metraje total es de algo más de hora y media, incluyendo una media hora de pies debajo de la mesa: la cámara se quedó encendida todo ese tiempo. Podría ser lo más interesante si fuera una película, donde se descubriese, por ejemplo, que hay un cruce de parejas, o quién esconde la comida debajo de la silla o que otro lleva unos calcetines que no combinan. Pero nada de eso sucede, al menos en esa mesa. Porque no es una película dramática, tiene un cierto interés sociológico, de documento visto desde fuera.

Han pasado veintiséis años. Mi madre lleva el pelo corto, mi padre, un traje de esos que se llevaban deliberadamente más grandes. Mi hermana pequeña no había nacido, faltaban tres años para que eso pasara. Me busco sin encontrarme en la parte del baile, con el dúo Anís y Menta, inolvidable pareja de padre e hija animando las fiestas de los pueblos de alrededor, teclado y voces. Me fijo en la ropa, en los maquillajes y me parece que mi madre lleva unos zapatos horrendos.

Así que supongo que para eso sirven los álbumes, los vídeos de los eventos, para ver cómo éramos, cómo fuimos.

El vídeo no acaba en el día de la boda. Hay una comida que no sé si es del día anterior o del día siguiente. La habitación donde comemos está exactamente igual casi treinta años después. Enfrente de mí se sienta una niña algo mayor que yo, que no es de la familia, me sorprende haberla olvidado por completo, sobre todo ahora que tirando del hilo recuerdo que en esos días alcanzamos una rara intimidad. Así que supongo que para eso sirven también los documentos: para saber qué olvidamos.

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