Daniel Capó

El viejo Confucio

"Confucio planteó una reforma política que requería, a su vez, recuperar al hombre para sanar la sociedad"

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El viejo Confucio
Foto: Maximiliano Perea
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Al llegar la noche regreso a las Analectas de Confucio. Hará ya más de quince o veinte años que no las leía. En los lejanos años de universidad, me interesaron durante un tiempo la poética y el pensamiento chinos: de Li Bai a LaoZi, de Du Fu al Libro de las mutaciones. Sorprende comprobar que un país oficialmente marxista y furiosamente ateo haya preservado las tradiciones religiosas. Sorprende también su condición ancestral, que pervive a pesar del desgaste de los siglos y las persecuciones programadas. Si el taoísmo es la más poética de las religiones, el confucionismo –esa fe sin trascendencia– sería el pensamiento aristotélico de la civilización china, el marco definitivo de su cultura.

Confucio vivió en una época como la actual, definida por la decadencia de un mundo antiguo que ya nadie parecía respetar. Mencio, uno de sus discípulos más notables, comentó: “El mundo declinaba y el camino de la virtud decaía.  Proliferaban las malas ideas y las conductas violentas. Los ministros asesinaban a sus señores, los hijos a los padres”. Ante el caos reinante, Confucio planteó una reforma política que requería, a su vez, recuperar al hombre para sanar la sociedad. Para ello proponía, como ideal, el estudio y el esfuerzo, la lealtad y la nobleza. Sólo los hombres que sirven a los demás –y saben cómo hacerlo– construyen la ciudad virtuosa y sólo una sociedad regida por ese ideal puede aspirar a perdurar. Sabía que, sin el peso educador y simbólico de los ritos, el súbdito se pierde en la telaraña de unas emociones caóticas. Sabía que cualquiera de nosotros ama menos la excelencia que la belleza “de un rostro bonito”. No era ingenuo, ningún sabio lo es.

De sus dichos me gusta especial uno que reúne las cuatro negaciones: “No al capricho, no a la imposición, no a la rigidez, no al yo”. Resumen el arte del buen gobierno, poco importa si personal o colectivo. Haremos bien en desconfiar de los políticos que persiguen exclusivamente su gloria o que se dejan llevar por gustos caprichosos. Haremos mal también si creemos que la imposición autoritaria resulta más efectiva que la persuasión o que la rigidez puede sostener un edificio azotado por el fuerte embate de un huracán. En un mundo sin ritos comunes, la ley ejerce esa labor didáctica que Confucio asignaba a la liturgia. La Ley, diríamos, es el molde del ciudadano que vive en democracia. Su respeto –el respeto mutuo y la solidaridad– consolidan la polis, la regulan y la ordenan. Paradójicamente, mirar atrás nos permite mirar adelante. Esa fue una de las grandes lecciones del conocido como “Maestro Kong”, el viejo Confucio.

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