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El violador Pablo Neruda

Foto: Laurent Rebours | AP

Saltó la noticia días atrás: en Chile se ha desatado la polémica a cuenta del nuevo nombre que habrá de tener el aeropuerto de Santiago. En un primer momento se había decidido que lo más conveniente sería rebautizarlo con el nombre de «Pablo Neruda», por ser éste un poeta de reconocido prestigio, pero los distintos movimientos feministas del país andino han montado gresca alrededor del asunto, pues consideran que el bardo de Parral es un violador que no merece semejante reconocimiento. Así que ahora se plantea etiquetar el aeropuerto de una santa vez con el nombre de otra reputada escritora: «Gabriela Mistral». Más allá de los méritos literarios de cada nobel, la pregunta es evidente: ¿Es o no justo homenajear a una persona que ha cometido una violación?

Cualquiera que conozca mínimamente la biografía de Neruda sabe que el poeta contaba, digamos, con una catadura moral cuanto menos ligera. Fue acusado de plagio con pruebas escandalosísimas y evidentísimas por su paisano y compañero de oficio versicular Vicente Huidobro; abandonó a su madrileña hija enferma, aquejada de hidrocefalia, casi inválida, en plena Guerra Civil española («no se la podía mirar sin dolor», dijo de ella Vicente Aleixandre); por su anarquismo exacerbado en años de mocedad llegó a coquetear incluso con el terrorismo; y más tarde, ya en su conocida etapa comunista, defiende la violencia para acabar con según qué regímenes políticos («Hay violencia y violencia… No se puede decir “no creo en la violencia” como un axioma». Y luego está el asunto de la violación. En Ceilán, país al que fue destinado como cónsul chileno, arrinconó a una mujer de la casta más baja del país, encargada de recoger los excrementos del cubo donde defecaba el poeta, y con tranquilidad apagó la «hoguera solitaria encendida noche y día» que ardía en su interior. Su inocencia queda anulada en el momento en que es él mismo quien telegrafía la violación en sus memorias («El encuentro fue el de un hombre con una estatua […] Hacía bien en despreciarme»). Así que, de nuevo, la pregunta se levanta sobre el texto de manera irremediable: ¿Tiene sentido agasajar a una persona con semejante currículum ético?

En mi opinión, el término más importante de todos los que cruzan por la pregunta es ése: «persona». Es un homenaje muy personalista, agasaja al ser humano que rescataba la pluma del interior del cajón del escritorio para con ella escribir los versos más extraordinarios esa noche. No es un homenaje a su poesía, sino al hombre detrás de ella. He escrito en innumerables ocasiones a favor de la independencia del arte, de lo muy por encima que están los versos del poeta Pablo Neruda respecto de las atrocidades del violador Pablo Neruda. De hecho, seguiré leyendo sus cantos, seguiré comprando sus odas, seguiré venerando sus veinte poemas. Y seguiré diciendo que Pablo Neruda es uno de los tres poetas más grandes del siglo XX en habla hispana, claro. Ahora bien, ¿el nombre del aeropuerto? A mí me parece que «Gabriela Mistral» suena estupendamente.

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