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El voto y la culpa

El primer párrafo de la noticia en The New York Times: “Donald John Trump ha sido elegido como el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos tras una campaña explosiva, populista y polarizadora que se ha enfrentado implacablemente a las instituciones y los antiguos ideales de la democracia americana.” Donald Trump es una tragedia para Estados Unidos. Su victoria es inesperada y produce náuseas. Es la victoria del autoritarismo, el nativismo, la misoginia, el racismo.

Los votantes que lo han apoyado lo han hecho con suficiente información. Nadie podrá alegar que no sabía lo que venía. No es otro caso de Brexit: la Unión Europea es un ente abstracto, muchos Leavers no sabían exactamente cuál era su función, cuál era el problema, qué leyes querían eliminar, qué soberanía recuperar. En el caso de Trump, no valen las excusas. El que ha votado a Trump sabe que es un racista, un misógino, que no ha pagado impuestos. Conoce la larga lista de atrocidades. Al ir a votar, el votante estadounidense no desconocía que es un evasor de impuestos, abusador y acosador sexual, racista, misógino, xenófobo, autoritario, reaccionario y pseudofascista.

El votante de Trump es el votante más informado del mundo sobre su candidato. No solo a través de los medios del establishment, a través de filtraciones y fuentes anónimas, sino en grabaciones. En ellas no hay margen para la conspiración mediática. Trump tiene grabaciones que lo desacreditan para la presidencia, para cualquier puesto de responsabilidad, para siquiera pedir un préstamo en el banco; en sus grabaciones es fácil descubrir que es una persona deleznable. Los votantes estadounidenses votan actitudes, votan a alguien con un pasado inspirador. Los medios y las campañas rastrean sus orígenes, encuentran momentos coming of age que convencieron al candidato de que debía luchar por lo que piensa. Los votantes los creen. No ha sido el caso. Nadie en su sano juicio ha podido creer la limpieza de Trump tras sus polémicas. Trump es el anticandidato, el antipresidente, la antipersona. Sus votantes lo han votado sabiendo que no es una buena persona.

El votante de Trump no es tonto. No hay que tratarlo como tal. Sabe perfectamente lo que ha votado. Hay que convencerle de que está equivocado, seducirle, pero eso es la función de los políticos. La función del periodista es decir la verdad. La verdad es la siguiente: el votante de Trump ha votado contra las mujeres, los negros, los inmigrantes. El votante de Trump cree que más de la mitad de la población estadounidense no merece los mismos derechos que la otra mitad.

Juguemos a Trump: basta de corrección política. El votante de Trump es responsable de lo que viene. No valen los argumentos -que no lo son- del dice las cosas como son y lo que importa es que dice lo que piensa. No vale quedarse solo con que dice, y obviar el contenido de lo que dice. El contenido de lo que dice tendrá ahora consecuencias reales, en la vida real. No se limita exclusivamente al terreno de la retórica y la incorrección política. Si eres negro, musulmán, mexicano, judío, o simplemente inmigrante, si tienes la piel oscura o tienes simplemente pinta sospechosa y sufres acoso, a partir de ahora ese acoso estará legitimado institucionalmente. Como escribe David Remnick, el director del New Yorker, en un artículo demoledor, “el fascismo no es nuestro futuro -no puede serlo; no podemos permitir que lo sea- pero está claro que así es como comienza el fascismo.”

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