Felipe Santos

Ella

Esta otra dama también cubre con maquillaje las cicatrices del tiempo, lucir lustrosa por un tiempo indeterminado, como Norma Desmond, aunque al comienzo sólo le dieron veinte años de vida.

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Ella
Foto: CHARLES PLATIAU| Reuters
Felipe Santos

Felipe Santos

Escribidor diletante. Soñador consciente. Todo está en todo

Esta otra dama también cubre con maquillaje las cicatrices del tiempo, lucir lustrosa por un tiempo indeterminado, como Norma Desmond, aunque al comienzo sólo le dieron veinte años de vida. La proeza de levantarla le ganó su indulto y hasta sirvió para que las tropas francesas no perdieran la comunicación de la cadena de mando durante la Batalla del Marne. Cumplido también el deber patriótico es el símbolo más popular e internacional de su ciudad.

Pocos saben que padece graves problemas de corrosión. Cada siete años hay que descolgarse por sus sinuosos nervios y aplicar una pequeña operación de maquillaje. Picar la pintura anterior, pulir su superficie y pintarla con una base previa de minio. Un trabajo que conocen bien los que se han enrolado en un barco alguna vez. El tiempo y las inclemencias desgastan su superficie y llevan a que registre leves modificaciones, como cuando hace viento o se dan olas de calor. El mismo sol hace que se curve levemente por la cara que ilumina.

Probablemente sin saberlo, Robert Delaunay la pintó más de treinta veces como un ente inestable, suspendido, emergiendo como una catedral moderna en contraste con los bellos edificios del ensanche parisino. Tiene vida propia y por eso no es extraño que la traten como a una dama. Lo mismo ocurre con todos por pequeños y grandes avances tecnológicos que nos rodean. Empezamos por sospechar de ellos, temerlos incluso. Luego los identificamos y los admiramos como testigos irrefutables del progreso humano. Y más tarde los integramos tanto en nuestras vidas que pasan a adquirir cualidades humanas.

“La máquina es la hija nacida sin madre”, escribió Francis Picabia cuando adivinó ese parecido inconfesable con la condición humana que simulaban los nuevos artilugios. Máquinas a las que sólo les hacía falta hablar. O cantar una canción, como ese sistema operativo del que se enamora Joaquin Phoenix en “Her”. No estaría de más escucharla con auriculares una de estas apacibles tardes de primavera en Champ-de-Mars, mientras nos acercamos a ella. “Estamos tumbados en la luna/Es una tarde perfecta/Tu sombra me sigue todo el día/Asegurándose de que estoy/Bien

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