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Elogio de la duda y de los cobardes

Foto: Beacon Pictures

Vivimos rodeados de hombres fuertes, providenciales, prestos a actuar “sin complejos” en nuestro nombre, a mancharse las manos por nosotros para dejarnos la conciencia tranquila, esa que nos impide hablar de los inmigrantes como “carne humana” (Salvini dixit) y de proclamar la verdad indiscutible de que “no pueden entrar los millones de africanos” que están a las puertas, “aunque sea políticamente incorrecto decirlo”. Esa es la autojustificación de los que defienden o votan a un Orban o a un Le Pen. O de los que parece que están invocando que aparezca uno en España.

Para los que así piensan, Occidente está en decadencia porque el kitsch ideológico y moral del bienestar nos habría paralizado ante una realidad que no entiende de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Está mal visto vacilar, dudar, intentar soluciones gradualistas. La solución de todo pasa por el maximalismo de la voluntad, ya sea un problema de fronteras y presión migratoria, uno de déficit excesivo o uno de conflictividad social y territorial. Nadie se atreve a matar a Liberty Valance, aunque atemorice al pueblo, mucho menos el abogado debilucho con sus códigos al que daba vida James Stewart. Necesitamos a un John Wayne.

El molde de este pensamiento no deja hueco a la duda, tampoco a la compasión. Si hay un problema, es culpa de la tibieza, de la cobardía, del chantaje, de la falta de liderazgo o de lecturas. Siempre por hechos negativos de personalidad o de coyuntura política, nunca por motivaciones racionales loables, como la que nos obliga a pensar en pros y contras, a valorar opciones y a considerar el medio y el largo plazo. Una visión que, lamentablemente, muchos medios han comprado y promueven. El resultado es que el perímetro de conversación pública y el margen de maniobra se ha achicado para los que defienden la moderación como virtud política esencial, sea a izquierda o a derecha.

No es extraño que, para muchos de quienes defienden esta impulsividad decisionista, Winston Churchill sea un referente histórico y haya sido (mal) citado hasta la saciedad. Se empeñó en combatir de frente al nazismo sin concesiones, frente al apaciguamiento de Chamberlain y Halifax. Estos últimos no querían que se repitiera la carnicería de la Primera Guerra Mundial y muriera otra generación de jóvenes británicos apenas 30 años después. ¿No es acaso reconfortante que, con ese precedente, no todos los dirigentes optaran sin dudarlo por ir a otra guerra? Por supuesto.

Además, del ejemplo del premier británico no cabe extraer una regla universal de comportamiento. Basten recordar decisiones políticas opuestas con un resultado igual de trascendente, como la que propició John. F. Kennedy con su actuación durante la crisis de los misiles con Cuba en 1962. Habría sido más que probable una guerra nuclear si hubiera prevalecido la churchilliana manera de hacer las cosas que le exigían sus militares.

En 13 días, la película de Roger Donaldson que retrata cómo se vivió dicha crisis en la Casa Blanca, hay una escena bien significativa. El embajador de Estados Unidos ante la ONU, Adlai Stevenson, escucha los planes de invasión que ofrecen los generales y, cauto y sincero, dice: “Creo que alguien de esta mesa tiene que atreverse a ser un poco cobarde, y lo voy a ser yo”. Y procede a exponer un plan de intercambio de misiles. Rusia retiraría los de Cuba, y Estados Unidos los de Turquía unos meses después y negando la relación entre ambos hechos. Solución que desagrada a los halcones y que con el correr de las horas acabaría imponiéndose, para alivio del mundo.

Donde hoy muchos ven tibieza, la mayor de las veces existe mesura y empatía, a un lado y a otro del espectro político, remordimientos por el peso moral de las decisiones. Los ingredientes que salpimentaron lo mejor del pensamiento moderno, elementos esenciales del progreso de la humanidad y de un Occidente que, si está gravemente amenazado, también lo está por quienes dicen defenderlo negando su esencia moderada.

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