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Elogio de la incoherencia

Foto: Sanju M Gurung | Unsplash

La coherencia es un valor en alza. En la sociedad traslúcida se exige de todos, no solo de los cargos públicos, una vida intachable además de una vida publicitada. Se penaliza la discordancia. O, dicho de otro modo: se castiga, además de la opacidad, la mínima incoherencia, que se exhibe como arma arrojadiza en las redes sociales, la nueva plaza donde se chamuscan las brujas.

Pero yo nunca he comprendido a las personas coherentes. Y digo más: me produce aversión quien hace gala de un comportamiento a prueba de paradojas. Intuyo, en esta forma de actuar, miedo y pobreza de miras. Porque la vida —luz y sombra, cielo y tierra, llano y cordillera, calor y nieve— está llena de contrariedades, a cada paso. Todos, las más de las veces, hacemos lo contrario de lo que predicamos, y la orografía del corazón humano, lejos de ser una planicie, es altamente accidentada. Fernando Mires decía en un artículo que la contradicción, igual que la religión, forma parte del basamento cultural del Occidente político: “Después de todo a Jesús lo crucificaron por hablar en contra”. Por eso me gustan las vidrieras. Formadas por vidrios desiguales, expresan la belleza cuando la luz las acribilla. Son la constatación, como la naturaleza, de que el retrato más exacto del paraíso es la comunión de lo distinto.

Yo soy peligrosamente contradictorio. Mis esfuerzos por ser coherente han fracasado siempre. Viajo de una emoción a otra en cuestión de segundos, en mi interior conviven el anticlerical con el místico o el deseo de atesorar con el anhelo de pobreza. Soy una multitud. Pura elasticidad antes que esquematismo. Corro 10 kilómetros cada dos días y fumo una media de veinte cigarrillos cada uno. Y a la vez que miedoso tengo seis hijos pequeños.

No es extraño el auge de los extremos, a un lado y a otro de la política. No es extraño, tampoco, que el tono comience a levantarse a la par que las banderas y las tumbas. La contradicción implica dinamismo, una evolución, mientras que la coherencia anquilosa a su orgullo valedor, y lo acartona. La coherencia, creo, se privilegia en las sociedades cuando están más débiles y corrosivas, como la nuestra.

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