Antonio García Maldonado

Elogio de la ingenuidad

Es difícil juzgar la diplomacia. Se repara en sus errores históricos, que adquieren en el debate público una relevancia que nunca tienen sus numerosos aciertos. Por definición, son casi invisibles. Es ya un lugar común acudir al primer ministro británico Neville Chamberlain cuando se busca defender una posición más combativa.

Opinión

Elogio de la ingenuidad
Foto: Evan Vucci
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Es difícil juzgar la diplomacia. Se repara en sus errores históricos, que adquieren en el debate público una relevancia que nunca tienen sus numerosos aciertos. Por definición, son casi invisibles. Es ya un lugar común acudir al primer ministro británico Neville Chamberlain cuando se busca defender una posición más combativa. Su política del apaciguamiento con Adolf Hitler representaría la quintaesencia de cómo no tratar con enemigos. Generalmente, no se atiende al contexto en el que Chamberlain tomó aquella decisión en 1938 con la que dijo comprar la paz para su tiempo. Reino Unido había perdido a una generación de jóvenes apenas veinte años antes, en la Primera Guerra Mundial, y la firma del acuerdo de Múnich no permitió ganar la paz, pero sí un año para reforzar al ejército y resistir con éxito el asedio nazi posterior. El escritor francés Pierre Adrien de Courcelle dijo que la diplomacia «es el camino más largo entre dos puntos», y en su aparente crítica hay, en realidad, un elogio.

La retirada decretada por Trump del acuerdo nuclear firmado por la comunidad internacional con Irán en 2015, nos devuelve a ese debate infantil, travestido de madurez analítica, que confronta ingenuos asustadizos versus realistas valientes. La retórica de Trump o Netanyahu viene a decir que no es tiempo del pusilánime Chamberlain, sino del aguerrido Churchill, que dijo aquello de que «el diplomático es una persona que primero piensa dos veces y finalmente no dice nada». Es una confrontación recurrente en otros muchos temas, como la inmigración o la integración de minorías religiosas supuestamente incompatibles con la democracia. Si hubiéramos de llevar una venda por cada una de las veces que nos han pedido que nos la quitemos de los ojos, pareceríamos heridos de guerra.

La decisión de Trump es un regreso a los principios neocon, más que una vuelta de tuerca de su política del América Primero. Se basa en ese principio del fanatismo religioso o positivista que asume que los problemas tienen soluciones definitivas, claras y al alcance. Bien saben los investigadores de la medicina que el punto de inflexión de una enfermedad letal llega primero con la cronificación del mal, no con la cura. La decisión de Trump se salta un paso intermedio sobre el que existe un consenso histórico que, sin duda, sobrevivirá a su esperpéntica presidencia.

El escritor francés André Maurois dijo con ironía que “para la diplomacia, una cuestión aplazada ya está resuelta”. Si la propia vida es el aplazamiento de algo, cómo no entender que la realidad opere así en tantos campos diversos y complejos. Asumirlo se llama madurez. Pero es más fácil imaginarse a Trump emulando a Groucho Marx en Sopa de ganso mientras debate con sus asesores en el Despacho Oval:

“Claro que lo entiendo, incluso un niño de cuatro años podría entenderlo. ¡Que traigan a un niño de cuatro años!”

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