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Elogio de la perversión

Fenómenos feromónicos como el de un vagón de tren atestado de mujeres de diversa índole y edad manoseando sendos ejemplares de ‘Cincuenta sombras de Grey’ ofrecen un cuadro preciso de las ocurrentes parafilias femeninas. Soft bondage, sadomaso de salón y el imperio de los sentidos en brazos de hombres herméticos, elegantes, lustrosos y con cuentas opacas en paraísos fiscales. A poder ser, eso sí, que no se llamen Patrick Bateman. Así que cada vez que su pareja cierre los ojos cuando están haciendo el amor, ya puede echarse a temblar, mon frère, porque un remedo espectral de Christian Grey, el Jay Gatsby del erotismo hervido, anda haciendo de las suyas.

En cualquier caso, nunca entendí por qué lo llaman parafilia cuando quieren decir sexo imaginativo. Cierto que restregarse en cuerpos extraños y sin su consentimiento no es precisamente el culmen del buen gusto y rebasa los límites del respeto y la convivencia social, pero no es menos verdad que el común de los humanos aspira a una vida sexual que supere los estrictos lindes posturales del por otra parte infravalorado misionero.

Como buen petit bourgeois soy partidario, sin embargo, de poner un mínimo de orden entre realidad y fantasía así como de celebrar con vino y rosas la sencillez de la monogamia salpimentada. Cualquier añadido me resulta abrumador y mis límites son mi riqueza. Aunque no negaré que la cinefilia comporta una tendencia irresistible al vouyerismo. Todavía perturba el encuadre del tobillo adornado con letal esclava de Barbara Stanwyck en Perdición y como Marcello aullamos al techo cada vez que la Loren, bamboleándose, se despoja lentamente de la sinuosa lencería.

Por último, recuerden que el sexo bien hecho es siempre pornográfico. Y no olviden borrar periódicamente el historial de sus ordenadores.

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