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Elogio póstumo de la vida aburrida

"El precio que pagamos por renunciar al aburrimiento, también en política, fue ese: aceptar vivir encadenados al miedo y la incertidumbre"

Foto: BBC

–2008, ¿recordáis? Qué tiempos… solíamos pensar que la política era aburrida. Ahora todo nos asusta. 

 

 

Daniel Lyons acuna en la escena al recién nacido, en un hospital de Manchester. Mientras, en el televisor de la habitación, la BBC se vuelca en la estrella política del momento, una populista outsider a la que da vida Emma Thompson en la ficción de HBO Years and years.

No es casual esa fecha –año 2008– cuando la crisis hipotecaria, gestada en el casino inmobiliario de las subprime, terminó arrastrando a la vieja Europa por un precipicio de incertidumbre política, social y económica. 

Puede que seamos víctimas de nuestro propio relato. Que, de vuelta a aquellos años, en los que todo parecía sólido –como reflejó Muñoz Molina– la política no fuera tan previsible y deliciosamente gris como ahora parecemos percibir, vista desde el otro lado de esta década perdida, con una mezcla de añoranza y nostalgia.

Lo que no parece una simple percepción es la aceleración de la incertidumbre. En política y en muchos otros ámbitos de la sociedad, devorados por el auge del turbocapitalismo y la devaluación imprevisible de activos a los que en otro tiempo atribuíamos un valor estable. 

No es que echemos de menos el aburrimiento de hace una década. Es el miedo y la incertidumbre lo que echamos de más

La política parece haberse contagiado de ese estado de ánimo, de pura adicción por el vértigo. Incluso el autoinducido. Deserciones recientes en grandes partidos parecen marcar un patrón: los expertos en políticas púbicas son centrifugados sin compasión de la primera línea, mientras se encumbra a expertos en frase ingeniosa y sentencia lapidaria, muy del gusto del tertulianismo de trazo grueso. 

Como si fuéramos sobrados de los primeros.

No sólo en España. En Italia, el líder de la Liga Norte y ministro del gobierno hizo campaña este verano luciendo panza cervecera y camisa desabrochada por las playas, lanzando consignas antieuropeístas con un mojito en la mano. En Reino Unido, un primer ministro de aires bufonescos se rodea de élites clasistas, llegadas del Eaton College, y cierra el Parlamento para culminar un Brexit que cristalice en paraíso desregulatorio, a medio camino entre Suiza y Singapur. El hombre fuerte de este tiempo banal reinventa desde el poder el relato del Holocausto en las democracias silentes de Europa Oriental, como ocurre en Polonia o Hungría. O pervierte el lenguaje diplomático con el hálito infame del machismo, mientras exhibe la incorrección política como credencial de valía para cabalgar a lomos del nacionalismo, como ocurre en Brasil o Filipinas.

Aquí, en España, hubo un tiempo en el que los debates sobre valor jurídico del preámbulo de una ley; la corresponsabilidad fiscal de las comunidades autónomas o la reforma de la financiación local ocupaban un espacio notable en el debate público. O puede que nunca fuera así; que la nostalgia no haga ver con claridad que el estado natural de las cosas fuera el vértigo, y que el interludio de política previsible, la que se valía de metrónomo y diapasón, fueran producto de un tiempo fugaz condenado a desaparecer en la victoria final de la distorsión sobre el compás y el declive acelerado de la democracia liberal. 

La crisis económica introdujo la volatilidad en todos los ámbitos de la sociedad. Un concepto limitado a las operaciones de bolsa colonizó el lenguaje y nos dejó el miedo y la incertidumbre como legado. El trabajo, el poder y hasta las relaciones humanas se volvieron volátiles. Lo único que llegó para quedarse fue la superficialidad del relato y la teatralización de la política, que relega debates cruciales sobre calidad democrática y políticas públicas a la tramoya del teatro de la vulgaridad. 

El personaje de Daniel Lyons mece en sus brazos al bebé mientras proclama que traer una vida a este mundo es un acto heroico, cuando no temerario. Evoco entonces aquella viñeta del El Roto, diez años atrás, en pleno apogeo de la doctrina de la austeridad: “Para tranquilizar a los mercados, tuvimos que asustar a las personas.” 

Precarizar la vida, el trabajo y la esfera pública hasta confundir dinamismo con alta volatilidad. El precio que pagamos por renunciar al aburrimiento, también en política, fue ese: aceptar vivir encadenados al miedo y la incertidumbre. 

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