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Emergencia y libertad

"Las reglas que funcionan cuando una epidemia nos empuja a una movilización sin precedentes no funcionan bien en tiempos de normalidad"

Foto: Chema Moya | EFE

Imagine que un grupo de espeleólogos quedan atrapados en una gruta. Por un azar del destino, pueden comunicarse con el exterior, pero no recibir ningún tipo de alimento. Informados por el jefe de los rescatadores del tiempo que falta hasta su liberación, los atrapados comprueban que no disponen de alimentos suficientes para llegar todos con vida hasta ese momento. Y entonces deciden sortear cuál de ellos será sacrificado para servir de alimento a los demás, asegurando así su supervivencia hasta el momento del rescate. ¿Tendría sentido juzgar por homicidio a los espeleólogos antropófagos una vez liberados de su confinamiento?

El caso, imaginado por el jurista americano Lon Fuller, nos invita a la siguiente conclusión: normas, como la que prohíbe el homicidio, tienen su propio contexto y, fuera de él, pierden su sentido. Y esto vale también para las instituciones con las que nos gobernamos e incluso para los valores o ideologías llamados a inspirar nuestra organización social y las decisiones de gobierno.

Pongamos por caso el Estado de derecho. Entendido como el gobierno del comportamiento humano mediante normas anunciadas y luego fielmente aplicadas por unas autoridades que se limitan a castigarnos solo cuando está acreditado nuestro incumplimiento, el Estado de derecho es un signo de civilización. Las razones son diversas: limita a quienes nos gobiernan, pues les impone la carga de avisarnos de antemano de lo que nos será exigible y nos protege de su arbitrariedad, pues no les permite castigarnos, por mucho que lo deseen, si hemos cumplido sus normas. Ahora bien, el Estado de derecho tiene su propio contexto y es bueno en ese contexto. Su ecosistema son sociedades que se encuentran en situaciones de normalidad, es decir, en momentos en los que sus miembros no se ven amenazados existencialmente. Cuando esa amenaza se da, el Estado de derecho deja de tener sentido. En una guerra abierta, por ejemplo, hay que vencer al enemigo para evitar que nos destruya y este objetivo justifica que quienes gobiernan asuman poderes extraordinarios que permitan alistamientos, confiscaciones o sacrificios, que en tiempos de normalidad no serían tolerables, pero que en la guerra nos parecen necesarios.

Algo similar sucede con los valores o ideales llamados a inspirar nuestras políticas económicas y sociales. Una cosa es lo que sucede en condiciones de normalidad y otra lo que pasa en condiciones de emergencia. El hecho de que algo funcione bien en uno de esos contextos no es razón suficiente para extenderlo al otro. En una situación de pandemia como la que estamos sufriendo, los individuos se muestran espontáneamente dispuestos a asumir fuertes sacrificios para lograr la supervivencia del grupo o para satisfacer las necesidades más perentorias de sus miembros. El interés por atender las propias preferencias se suspende y, en su lugar, uno se aplica voluntariamente a satisfacer el bien común o las necesidades de otros. También se aviene a un grado de dirección política que, en otra situación, juzgaría opresivo y que, sin embargo, ahora incluso reclama desesperadamente. Esta estrategia funciona, porque permite superar la crisis y, por eso y solo por eso, es buena.

Sin embargo, eso no significa que esa estrategia funcione en condiciones de normalidad: en la normalidad, los individuos responden a otros estímulos e incentivos, distintos de los que los mueven en situaciones de emergencia. La estrategia que era apta para superar la emergencia no necesariamente vale para la normalidad. Es más, podría valer precisamente la contraria.

Veámoslo con un ejemplo: en estos días, un grupo de ingenieros, médicos, diseñadores 3D, emprendedores y empresarios llamado A.I.RE. se afanan para diseñar y fabricar respiradores baratos con los que atender a los pacientes de coronavirus. Los miembros de ese grupo, fuertemente motivados, están actuando espontáneamente para la satisfacción de una necesidad vital de otros. Lo hacen a cambio de nada y solo porque lo perciben como su deber moral. La iniciativa no puede ser más loable. Ahora bien, cuando superemos la emergencia sanitaria, seguirá siendo importante disponer de respiradores baratos, pero habrá desaparecido el estímulo que ahora provoca la movilización de los miembros de A.I.RE. En ese contexto, tendremos que preguntarnos cuáles son las reglas que, con un mayor grado de probabilidad, nos permitirán disponer de respiradores más baratos o de fármacos y vacunas más eficientes que curen nuestras enfermedades. Y, en esas condiciones, son las reglas del mercado las que mejor lo garantizan.

No es cierto, como afirman interesadamente algunos opinadores de izquierdas, que de esta crisis todos vayamos a salir estatalistas o colectivistas. Tampoco es verdad que como las reglas de los liberales no sirven en momentos de crisis, entonces no sirven nunca. Es justo lo contrario: las reglas que funcionan cuando una epidemia nos empuja espontáneamente a una movilización sin precedentes no funcionan bien en tiempos de normalidad. Y no lo hacen porque necesitan de un nivel de entrega personal de cada uno al destino de los demás tan alto que no es frecuente. Solo podrían funcionar si esa disposición al sacrificio personal se mantuviese siempre elevada y esto solo es posible si la forzamos coactivamente o si prolongamos de manera indefinida la emergencia que la anima.

Ninguna de esas dos hipótesis es deseable, por mucho que fantaseen con ellas los aprendices de tirano. Porque lo que queremos es volver a la normalidad, para, por cierto, pensar también en cómo afrontar mejor situaciones de emergencia cuando se reproduzcan. Reclamar que se mantengan en la normalidad las reglas que funcionan en una epidemia solo es posible haciendo que la pesadilla en la que estamos inmersos nunca acabe. Y eso es justo lo que queremos: que termine este mal sueño cuanto antes, para poder salir a la calle de nuevo y dedicarnos a nuestros propios asuntos en un marco de reglas que garanticen que a todos nos va lo mejor posible, que eso, así de simple, es lo que quiere un liberal. Y debemos quererlo sin cargo de conciencia alguno, porque, en condiciones de normalidad, son las reglas liberales –derechos y libertades, Estado de derecho, democracia, economía de mercado– las que mejor garantizan el bienestar social y no lo son las estrategias de supervivencia solo válidas en guerras y epidemias.

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