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Emigrar, la oportunidad

Hay una espantosa dosis de paletismo en España, una incomprensión del mundo que nos rodea y de los mecanismos que hacen que funcione o no

Lo peor no es que nuestras alcaldesas y nuestros ministreses salgan al extranjero hablando mal inglés. Lo peor es que no se queden temporaditas en ese extranjero y aprendan a mirar España de lejos, distraídamente, como un país más de los doscientos del mundo, o –para ser justos– como un país turístico europeo que suena algo: una mezcla de toros y cocina molecular y desempleo. Es lo que sentimos todos los que hacemos regularmente ese ejercicio tan saludable de distanciamiento porque la vida nos obliga a salir de aquí para salir adelante, que es lo que acabo de hacer una vez más la semana pasada.

Hay una espantosa dosis de paletismo en España, una incomprensión del mundo que nos rodea y de los mecanismos que hacen que funcione o no, y no es problema de los políticos tan sólo, sino de una sociedad que sigue casi tan invertebrada como en tiempos de don José. Como hemos fracasado en la elevación del nivel cultural de nuestra sociedad, ella enaltece y elige a los políticos pueblerinos que causan o agravan nuestras crisis. Y los volvemos a votar. Pero ellos se han montado el único tenderete del país prácticamente ajeno a las crisis y las penurias, convirtiendo los partidos y el sector público en refugio de sus parientes y paniaguados. Y se perpetúan, y no aprenden inglés… porque no lo necesitan.

Mi generación ya tuvo que salir hace medio siglo a estudiar, a trabajar, a sufrir y a pasarlo bien en ese mundo exterior que ahora dicen que amenaza a nuestros hijos. Pues a mí me parece lo mejor de esta crisis: de la necesidad de marcharse para sobrevivir espero que hagan virtud, que aprendan la ciudadanía, los idiomas y el ápice de economía que no hemos sabido inculcarles. Y quizá al regreso sepan fundar el sistema democrático moderno al que en 1978 ni nos acercamos.

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