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Emoticonos

"Si el emoji triunfa entre nosotros no es porque ayude a comunicar, sino porque nos ayuda a no hacerlo"

Foto: Virginia Mayo | AP

Ni lentisco ni pavesa ni aeroplano. La palabra del año, recién salida de la ceca, es esta: emoticono, adaptación aceptable de «emoji», que a su vez translitera la palabra japonesa que designa a esos iconos que el teclado del teléfono pone a nuestra disposición para expresar estados de ánimo. La decisión la ha adoptado con su proverbial desenfado la Fundación del Español Urgente (Fundéu). Aunque parece que en realidad no es la palabra en sí lo que se singulariza, sino el propio icono y toda su familia pictográfica. Vaya, que la palabra de este año no es una palabra sino otro tipo de símbolo (pues también las palabras, signos lingüísticos, son símbolos: aquello que está en lugar de algo, según la perspicaz definición escolástica).

Nuestra alma es grande y aceptamos el provocador dictamen. Lo que ya nos parece en exceso candorosa es la justificación que ha dado el jurado. Al galardonar al emoticono, leemos, se ha querido reconocerlo «como un elemento más que contribuye a lograr el fin último de las lenguas: la comunicación entre las personas». No, hombre, no, almas de cántaro. Si el emoji triunfa entre nosotros no es porque ayude a comunicar, sino porque nos ayuda a no hacerlo: lo usamos para velar o enmascarar lo que verdaderamente pensamos. Con el emoji, de hecho, poniéndonos pedantes, cabe decir que el uso instrumental del lenguaje (opuesto a su uso comunicativo, según Habermas) llega al máximo nivel. Usamos, por ejemplo, el emoji que ríe para dar réplica al chiste infantil o rijoso que nos envía un amigo y al que no queremos dejar de dar una respuesta. Un pensamiento con el que no estamos del todo de acuerdo nos merece un pulgar aprobatorio, pero poco comprometedor. En la fase de cortejo, el emoji que sopla un beso permite retirarse a tiempo al terreno de la amistad. En suma, todo en el emoticono es fingimiento. Si faltara prueba de que el emoji sirve para emboscarnos, obsérvese su apropiación por el márketing político. Gracias al emoji los partidos pueden transmitir compromiso con la virtud sin comprometerse con la realidad y los políticos tienen al fin el instrumento culminante de su arte predilecto: hablar sin decir nada. Cierto: esto ya se podía hacer con las palabras, pero incluso en su combinación más vaporosa las palabras nos comprometen y permiten un cotejo con lo real; por el contrario, en el dúctil reino del emoji no se puede mentir. ¡Cuantas zozobras se habría ahorrado Rajoy si, en lugar de su legendario «Luis, sé fuerte», hubiera enviado a Bárcenas un emoji, como ese que saca biceps! Tampoco Sánchez habría dado munición a sus críticos si en lugar de usar precisas palabras para decir que no haría lo que ha hecho, hubiera enviado a la opinión pública un emoticono consternado, que puede significar cualquier cosa. También en esto, en fin, cabe invocar la vieja máxima sapiencial: nada en exceso. No sea que de tanto usar los emojis se nos acabe olvidando que con el lenguaje también se puede decir la verdad.

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