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Empanadas nacionalistas

"Cómo no va a aumentar la inseguridad en Barcelona y su entorno si el clima ideológico y la crisis de autoridad son las que son"

Foto: Olivier Matthys | AP

Prometieron ser la Dinamarca del Sur a través de la vía eslovena. Hicieron una cadena humana como los bálticos y se aprovecharon de las fake news rusas. Exigieron un referéndum como el de Escocia, al mismo tiempo que decían que España era como Serbia. También miraron hacia Kosovo, mientras blandían una falsa sentencia de La Haya. Quebec era otro referente, pero los apoyos les vinieron de Flandes y de la “Padania”. Compartían la xenofobia fiscal y algún que otro eslogan. Dijeron que eran los más europeístas de la Unión, pero se fotografiaban con los eurófobos de Finlandia. Podían ser Israel, y también Palestina, todo dependía de quién fuera el interlocutor. Les gustaba Maduro, pero para los venezolanos. Para ellos, la capitalista Suiza. Llaman loco al Primer Ministro británico e idolatran al “cuerdo” de Waterloo. Hoy dicen que deberían actuar como los demócratas de Hong Kong, pero ayer se vendían a China. Y ahora, el remate final, se ilusionan con los sucesos de Papúa Nueva Guinea.

Dicen ser una cosa y la contraria. Igual que juran que volverán a hacer aquello que perjuran no haber hecho. Y, de este modo, a la vuelta de vacaciones elaborarán una “contundente respuesta unitaria” a la sentencia del Tribunal Supremo. De momento ya han propuesto: diálogo y confrontación, poner velitas en Montserrat y asaltar el Parlamento, elecciones anticipadas y agotar la legislatura, implementar el resultado del 1-O y ensanchar la base social, una moción de confianza a Torra y la investidura de Puigdemont, un “gobierno de concentración” con los comunes y fortalecer el Consell per la República, vetar a Pedro Sánchez y apoyar a Pedro Sánchez. Ahí lo tienen, posmodernidad en estado puro. El independentismo catalán no se separará del resto de España, pero ya lo ha hecho de la verdad y de la coherencia, porque no respeta ni sus propias mentiras. El relativismo sincroniza perfectamente con el narcisismo, viene a decir Michiko Kakutani en La muerte de la verdad. Y el nacionalismo es un narcisismo colectivo y aumentado. Así, el nacionalista no observa ninguna contradicción en denunciar la “insoportable opresión del Estado” mientras toma el sol en un yate o un gin-tonic en la terraza de un hotel. De la Costa Brava al Paseo de Gracia, los hechos no les importan si pueden hacerse un buen selfie.

“Empantanados”, tituló Joan Coscubiela refiriéndose a la situación catalana. Y empanados, añadiría un servidor. Entre el delirio y la desorientación, el nacionalismo ha instalado las instituciones catalanas en el desprestigio y la parálisis; y eso, en tiempos de revoluciones tecnológicas y a las puertas de una nueva crisis económica, significa decadencia, amarga decadencia. Cómo no va a aumentar la inseguridad en Barcelona y su entorno si el clima ideológico y la crisis de autoridad son las que son. No obstante, y aunque parezcan perdidos y divididos, no nos engañemos, ostentan el poder político en Cataluña y, al final del día, las asociaciones, los partidos y los grupúsculos nacionalistas se unirán para mantenerlo. La burbuja mediática les hace impunes.

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