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Empatías

Foto: HANNIBAL HANSCHKE | Reuters

Esperaban una cascada de reconocimientos internacionales y se han encontrado con algún reconocimiento, implícito y con la boca pequeña, del fracaso del proceso separatista por parte de algunos de sus protagonistas. Se ensimismaron en su lucha contra el Estado de derecho y olvidaron los sentimientos y los intereses de sus conciudadanos. El estropicio parece obvio, pero el atrincheramiento de una parte no pequeña del independentismo en un búnker cognitivo es notable. La frustración les hace aún más impermeables. Lo que nos indica que el problema entre catalanes no va a solucionarse en los próximos meses. Va para largo y los giros sentimentales no ayudan. Ahora se trata de exigir a todo el mundo empatía y solidaridad con los políticos fugados o encarcelados. Nos exigen que, si queremos ser reconocidos como dignos demócratas, compartamos su tristeza o sus algaradas.

Sin embargo, en los últimos años, muchos de los que ahora lucen lazos amarillos ignoraron la preocupación y el miedo que muchos sentíamos ante la ruptura de lazos menos coloridos, pero más importantes, desde los afectivos hasta los económicos. Aún hoy, en sus discursos, siguen recurriendo a expresiones como “Cataluña piensa” o “Cataluña quiere”, mostrando que su capacidad empática no alcanza para entender que los catalanes no independentistas también tenemos pensamientos o deseos, más terrenales quizá, pero de la misma dignidad. De hecho, estoy seguro de que no soy el único catalán voluntarioso que al explicar a un independentista alguna experiencia personal que ejemplifique la fractura social, se ha encontrado con una rotunda negación. Te niegan lo que tú has vivido o sufrido. Niegan el daño económico y niegan, incluso, los sentimientos heridos de los que no compartimos sus aspiraciones. Respuestas éstas que, por cierto, no dejan de ser una confirmación de la existencia de la fractura.

Cómo no vamos a sentir asfixia los no independentistas, si el clima emocional que los líderes separatistas habían generado supuso una trampa incluso para ellos mismos. Cómo no vamos a preocuparnos, si hay toda una elite política catalana ciega al daño que causa a la sociedad que dice defender. Actuaron como niños tapándose los ojos ante la realidad y actúan como niños cuando exigen impunidad. En el mundo de los adultos, la libertad siempre va acompañada de la responsabilidad. Así pues, la infantilización de la política es una grave amenaza para el bien común, porque las malas decisiones políticas sí tienen consecuencias: son empresas que se van, son inversiones y eventos que dejan de venir; son talentos que se escapan; son cenas a las que se deja de ir. Es una tensión social impropia en la Europa del siglo XXI.

En definitiva, uno puede entender que la mejor manera que han encontrado de gestionar el síndrome post-épica haya sido el victimismo. No obstante, que ahora dirijan su ira contra aquellos que les advertimos de las consecuencias y no contra aquellos irresponsables que alentaron la desobediencia no sólo es injusto, sino que acrecienta los muros de incomunicación que dividen a los catalanes. Alimenta la idea de que no desean una reconciliación sincera, sino simplemente un repliegue de fuerzas a la espera de un mejor momento para volver a la carga. Mala decisión, incluso para su estrategia. Si quieren una salida al bloqueo que su irrealismo ha generado, sería mejor que empezaran a colaborar en la creación de un clima de confianza, porque nadie tiene derecho a exigir empatía si impulsa el desprecio y el hostigamiento contra el otro y porque la deriva sentimental complica cada día más la rectificación.

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