José Carlos Llop

En casa de Le-Tan

«Los objetos de un artista forman parte de su poética y su casa es el libro donde se lee»

Opinión

En casa de Le-Tan
Foto: Flammarion
José Carlos Llop

José Carlos Llop

José Carlos Llop (Mallorca, 1956) es poeta y escritor. Su último libro de poesía, La vida distinta (Pre-Textos); de narrativa, Oriente (Alfaguara).

Los objetos de un artista forman parte de su poética y su casa –como dijo Donne y repitió Gil de Biedma respecto a los cuerpos y el amor– es el libro donde se lee. La última noche que cené con Pierre Le-Tan, me habló de una pintura china antigua que había adquirido por debajo del que consideraba su valor real. Estaba muy contento con la belleza y época de la pintura y con el beneficio que podía obtener de llegar a venderla: placeres del coleccionista y Le-Tan era exquisito en sus colecciones. Aquella noche hablamos de muchas otras cosas y los nombres –Kenneth Clark, Jean-Jacques Schuhl, Gombrich, Vita Sackville-West, Hokusai, Liberati, Bergé, Modiano…– se iban desgranando entre una historia y otra. Pierre me dijo que no había estado muy bien de salud y yo no pregunté. Sólo deseé que el tiempo verbal de la frase, el pasado, fuera el exacto. Antes de retirarme al hotel le acompañé paseando hacia su casa y luego nos despedimos: a medio camino. Aquellos días había nevado en París y todavía quedaba nieve, ya sucia, en la calzada. Nos dimos un abrazo, más fuerte de lo habitual, y cada uno emprendió su ruta. No sabíamos que ya no volveríamos a vernos.

Mientras me dirigía al hotel pensé que hacía dieciséis años que nos conocíamos y que en esos años la amistad trabada estaba limpia de cualquier rastro de los que enturbian –aunque sólo sea temporalmente– una amistad. Completamente limpia. Sonreí: no es fácil de conseguir. Cuando lo conocí él apenas sonreía; después ya sí y nos reímos mucho juntos también. Era divertido, ocurrente, sensible y muy culto. Entonces –año 2002– hacía poco tiempo que se había separado de su mujer y vivía en un apartamento de la place du Palais-Bourbon. Era el comienzo de otra vida con la resaca aún de la anterior –el peso de la vida adulta y sus daños colaterales– sobre las espaldas. Aquel apartamento estaba situado en el mismo edificio donde había vivido Josée Laval (magníficamente novelada por Yves Pourcher), a la que tanto frecuentó el escritor Paul Morand. Espacioso y elegante, en esos días estaba muy vacío. Como sus estanterías.

Sobre la chimenea había una vitrina con un cadáver exquisito hecho de huesecillos de pájaro y en la sala no había butacas pero sí un pequeño sofá. Pierre se sentó sobre la alfombra. Un autorretrato de su padre, el pintor Le-Pho, una vela de Dyptique y una fotografía del virrey de Tonkín, su abuelo, acompañaban al esqueleto del hombrecillo-pájaro sobre la chimenea. Después de un par de horas de charla sobre su obra, se ofreció a mostrarme el apartamento de Jean Cocteau en el Palais-Royal, que estaba decorando. Lo había comprado un norteamericano y Pierre había pintado un planetario nocturno en el piso superior y motivos Cocteau –el sable de académico, caracolas de La Costa Azul, retratos de amigos…– en las paredes de una escalera que lo unía con el vestíbulo balzaquiano de la planta noble. Junto a éste, recuerdo la sala sobre las arcadas del Palais-Royal, la pizarrilla con el número de teléfono de Picasso y algún caballo de madera… Aquel apartamento seguía conservando el espíritu de Cocteau y al mismo tiempo estaba desangelado y donde no lo estaba era gracias al arte de Pierre Le-Tan.

Lo mismo iba a ocurrir con su piso de la place du Palais-Bourbon. Pese a estar semivacío aún, Le-Tan iba a convertirlo en el más fiel Le-Tan de todos los tiempos: el libro donde leer su poética. Así lo viví y disfruté al menos, mientras año tras año, veía sus nuevas piezas adquiridas, mezcladas con sus dibujos recientes, los pequeños marcos barrocos y las figuras clásicas, o las cabezas de mármol o terracota. Y una constante: ninguno de sus dibujos, tan modernos, desentonaba entre objetos y pinturas centenarios; ninguno. Es más: los enlazaban, transformándolos en una sola civilización inventada por Pierre Le-Tan, el hombre que los había elegido, uno a uno, en chamarileros y anticuarios y librerías de viejo. Los libros habían recuperado su sitio y llenaban estanterías, sillas y tarima, como otro espejo de su propietario

En los últimos años de vida de Pierre, el apartamento se orientalizó. Aparecieron más pinturas chinas, porcelanas, figuras y fueron llenando los vacíos y revistiendo la casa de una pátina diferente. Como la vuelta al origen del nieto del virrey de Tonkín, sin perder de vista los fundamentos clásicos y modernos, escuela occidental, que formaban la base y proyección del esteta Le-Tan. Y con ellos, los ladrillos norteafricanos –otra novedad– y la cerámica. De las paredes empezaron a colgar las telas, antes ausentes. Muchas telas. Telas del XVIII y telas orientales llenas de flores, una explosión de alegría informe como una jaula de pájaros exóticos que fuera a emprender el vuelo. Y la risa de Pierre se hizo más sincopada y más humana, también, en la distancia corta. Como si estuviera rozando la plenitud del esteta, la plenitud del coleccionista, la plenitud del artista y fuera tan consciente de ello como de su propia y sorprendida curiosidad por lo que había de venir después.

Ahora una gran parte de su colección ya debe de estar en las salas parisinas de Sotheby’s, donde se subastará de aquí a tres semanas, junto con una serie de sus extraordinarios dibujos. Otra despedida y otra memoria, también.

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