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En defensa de la libertad de expresión

Foto: Cecilia de la Serna | The Objective

Dejemos las cosas claras desde el principio: a nadie le gusta la libertad de expresión. Que la haya implica que ese tipo con ideas tan descabelladas (tómese el lector quince segundos para determinar cuál es el campeón mundial entre todos los necios que conozca: pues sí, me refiero a ese) pueda difundir sus estupideces con exactamente igual derecho que usted. Abracadabrante. Y más si tenemos en cuenta que usted tiene las ideas más correctas, mejor formuladas y más interesantes de todas. ¿Qué necesidad hay de que la gente equivocada hable? Milenios de evolución humana, caminando entre falsedades, se justifican para que por fin usted pueda pensar como piensa (y estar en lo cierto en, seamos modestos, casi todo): ¿no es un desperdicio tolerar que aún prolifere por ahí el error?

Y, sin embargo, de manera insólita, hace unos cuatro siglos, hubo gente en Europa que comenzó a ponderar que la libertad de expresión era deseable. Hubo varios motivos para ello. El primero seguramente fue que empezó a resultar enojoso quemar en la plaza del pueblo a todos los que tuvieran ideas originales o ideas minoritarias. De todo se cansa uno en la vida.

Pero hay más motivos para estar a favor de la libertad de expresión, por engorrosa que nos resulte. En 1859 sintetizó varios de ellos el filósofo inglés John Stuart Mill. El libro en que lo hace se denomina “Sobre la libertad” aunque, significativamente, está consagrado en buena parte a una sola libertad en concreto: esta.

Un buen argumento de Mill para defender que la gente pueda decir cosas equivocadas (recordemos: a casi nadie nos molesta que haya libertad para decir esas cosas tan correctas que son las que cada uno pensamos; el problema viene con los que difunden el error) puede ilustrarse del modo siguiente. Imaginemos que queremos mantener nuestro cuerpo fuerte y sano: una estrategia equivocada para hacerlo sería protegerlo todo el día sin movernos de nuestro sofá y rodeados de una pantalla de plástico. Es cierto que de ese modo no nos picaría ningún mosquito, pero resulta dudoso que ello nos volviera más lozanos.

A la verdad le ocurre algo parecido: si evitamos que se confronte con otras opiniones (erradas), al final olvidamos cuáles son sus puntos fuertes, o incluso perdemos de vista su verdadero significado. Corremos el riesgo de que esa verdad sea un mero formalismo sobre el que nos tumbamos plácidamente, pero deja de vivificarnos y lanzarnos hacia nuevas pesquisas. Si a eso le añadimos que quizá, solo quizá, no tengamos con nosotros toda la verdad, es probable que al cotejar nuestras ideas con las de otros descubramos nuevas verdades. Es cierto que el coste de todo ello es aceptar que no somos infalibles, pero se antoja un coste pequeño en comparación con los proficuos frutos que nos puede rendir.

La historia parece confirmar las teorías filosóficas de Stuart Mill. A finales del siglo XVI, un pequeño país, Holanda, empezó a experimentar con esta posibilidad: se convirtió en el país más tolerante del mundo con las opiniones ajenas. Los beneficios no tardaron en afluir. De hecho, se conoce el siglo XVII como el Siglo de Oro neerlandés. Por allí pasaron muchos de los intelectuales más interesantes del momento: Spinoza, Descartes, Locke, Huygens padre, Huygens hijo, Hugo Grocio… El comercio y el negocio bancario floreció, la prensa vivió un auge que hoy resulta envidiable. Se crearon instrumentos científicos que nos permitían ver muy lejos (el telescopio) o muy de cerca (el microscopio). Los barcos holandeses llegaron hasta Extremo Oriente y sus médicos hasta recovecos ignotos de nuestra anatomía. No es extraño, pues, que varios países se lanzaron a robar cerebros holandeses para que les enseñaran las técnicas más avanzadas. Se trata, en suma, de unos tiempos maravillosos que, sin embargo, emiten una música familiar: un auge parecido experimentaron los Estados Unidos de Norteamérica tras que, recién fundados, establecieran como primera enmienda de su Constitución la freedom of speech.

Pero no solo la historia corrobora lo útil que nos es la libertad de expresión. En el campo de la psicología evolutiva, un libro recién publicado por Hugo Mercier y Dan Sperber, The Enigma of Reason, ha venido a confirmar ideas que llevan años avanzado, de un modo u otro, autores tan distintos como Jonathan Haidt o el matrimonio Cosmides-Tooby. Todos ellos insisten en que nuestra razón está diseñada, sobre todo, no para comprender la lógica abstracta o el mundo físico, sino para argumentar y contraargumentar con nuestros semejantes.

Las mentes de nuestros antepasados en la sabana africana no necesitaban resolver problemas de física cuántica, pero sí ganar discusiones razonando unos frente a otros: fue esto lo que explica que se desarrollara tanto su cerebro, pues. Los seres humanos no somos especialmente buenos al captar la verdad por nosotros mismos (somos proclives a decenas de sesgos y falacias), pero sí que lo somos en detectar los fallos de los demás y así, entre todos, ir superándolos. Siempre y cuando nos dejen hablar, claro. De modo que, nada menos que desde los inicios del homo sapiens, la libertad de expresión ha sido una estrategia vencedora para que los humanos avancemos.

Hay un problema, no obstante, en esto de repasar la historia de la libertad de expresión: y es que casi todos los ejemplos que se nos vienen a las mientes atañen a asuntos religiosos o cosmológicos. Tendemos a pensar en Miguel Servet, por ejemplo, o Giordano Bruno, o Galileo Galilei: y colegimos que, como ya no se persigue a nadie en Occidente por sus ideas sobre la Santísima Trinidad o por sus opiniones sobre astronomía, vivimos en un paraíso de libertad de expresión. Pero no es así: si somos más tolerantes con las ideas religiosas o cosmológicas de los demás es simplemente porque vivimos un tiempo (que muchos llaman postmetafísico) en que no damos tanta importancia a la religión o la cosmología.

Para saber si seguimos estando a favor de la libertad de expresión hay que mirar, pues, a aquellas cosas que sí nos importan. Aquellas cosas sobre las que no toleramos fácilmente opiniones discrepantes o ni siquiera risitas. Para saber si hoy aceptamos la libertad de expresión sobre lo sagrado, hay que atender a qué hemos elevado hoy al rango de sagrado.

Sospecho que una de esos nuevos ídolos es la historia. Vivimos tiempos en que algunos se afanan en elevar al rango de verdad sacra su visión, parcial e ideologizada, de la historia. En España sufrimos de esa dolencia particularmente. Y la saña contra quien se atreva a discrepar recupera uno de los rasgos menos gloriosos de nuestro pasado.

Lo hemos vivido recientemente en el caso de la condena al periodista Hermann Tertsch por un juzgado de Zamora. Avanzo que suelo discrepar de Tertsch en muchas cosas; pero no digo esto para distanciarme de él, a quien tengo por gran amigo, sino para aplicar a su caso lo que vengo diciendo en los párrafos anteriores: que, justo porque Hermann y yo discrepamos mucho, me conviene que ambos gocemos de libertad de expresión para exponer nuestras visiones. Y así dejemos que venza en la discusión pública la más razonable.

La jueza que ha condenado a Tertsch, sin embargo, parece pensar de un modo diferente al mío. Ha impuesto a Tertsch el pago de una fuerte indemnización (12.000 euros) y la obligación de borrar entero un artículo suyo de la hemeroteca de ABC porque, según la jueza, de apellido Mongil, ese artículo atenta contra el honor de Manuel Iglesias, abuelo del actual dirigente máximo de Podemos. ¿Cuál ha sido tal intromisión en el honor de tal abuelo? Que Tertsch ha recordado que fue acusado por varias personas de colaborar en el asesinato de dos civiles, Joaquín Dorado y Pedro Ceballos, durante nuestra guerra civil.

Cierto es que, en su artículo, Tertsch incurre en un error técnico: afirma que el abuelo de Pablo Iglesias llegó a ser condenado por ese motivo, cuando lo cierto es que la Justicia franquista le condenó por otro. Y yo entendería que cualquier juez, tan preocupado por la verdad histórica como lo estoy yo, obligara a incluir una rectificación de este dato al final del artículo de Hermann. Ocurre todos los días en la prensa: rectificaciones que se publican (por desgracia, menos frecuentemente de lo que se debería) para esclarecer la verdad. Esa rectificación puntualizaría que los tribunales franquistas no condenaron a Manuel Iglesias por asesinato. Ahora bien, como no vamos a convertir ahora lo que hicieron o dejaron de hacer esos tribunales dictatoriales en verdad absoluta, dejaríamos así abierta la investigación histórica de si quien acusó a Manuel Iglesias de colaborar en dos asesinatos tenía o no razón. De hecho, la jueza Mongil no aclara en ningún momento este punto, dado que es jueza, no historiadora.

En cambio, la draconiana condena a Hermann no parece interesada tanto por esa rectificación y esa verdad cuanto por impartir castigos ejemplares a quien ose investigar qué pasó en nuestra historia (sobre todo, si lo que ocurrió en nuestra historia no resulta halagüeño para ciertos líderes políticos). Es este el motivo por el que cualquier buscador de la verdad debe indignarse ante lo sufrido por Tertsch.

En el futuro, será deseable que los historiadores descubran si Manuel Iglesias colaboró, efectivamente, en sacas o no: al fin y al cabo, se trata del referente moral de uno de los candidatos a presidente del Gobierno de España. También será interesante la investigación histórica de por qué el franquismo le acabó acortando la pena de cárcel a que le condenó y por qué le recompensó luego, incluso, con un puesto de funcionario: comportamiento que solía aplicarse a quienes delataban a otros compañeros. De momento el propio Pablo Iglesias se ha mantenido sorprendentemente silencioso a este respecto, pese a su afición a rememorar a su antecesor. En el curso de esas investigaciones, habrá historiadores que emitirán hipótesis que luego pueden ser refutadas por otros historiadores; y lo deseable es que así sea, sin intromisiones de jueces que condenen a quien se salga del camino predefinido. Al fin y al cabo, si nuestra capacidad de argumentar libres nos sacó de las cavernas prehistóricas, bien puede evitar igualmente que algunos nos conduzcan de nuevo a ellas.

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