Juan Claudio de Ramón

Algo viejo y algo nuevo en el independentismo catalán

Si fuera yo un periodista, ayer habría esperado hasta la noche para escribir esta nota. Lo habría hecho entonces sabiendo en qué ha quedado la cita de Puigdemont con su destino y cuál ha sido la respuesta del Estado democrático. Pero no soy un periodista y por la noche no sé escribir. De modo que comparto una última reflexión antes del anochecer, que como todo anochecer, tengo la certeza, será preludio de alba.

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Algo viejo y algo nuevo en el independentismo catalán
Foto: ALBERT GEA| Reuters
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Si fuera yo un periodista, ayer habría esperado hasta la noche para escribir esta nota. Lo habría hecho entonces sabiendo en qué ha quedado la cita de Puigdemont con su destino y cuál ha sido la respuesta del Estado democrático. Pero no soy un periodista y por la noche no sé escribir. De modo que comparto una última reflexión antes del anochecer, que como todo anochecer, tengo la certeza, será preludio de alba.

Hasta ahora, cuando algún amigo extranjero me pedía, perplejo, una explicación sobre lo que ocurre en Cataluña, solía responder más o menos así: «Debes imaginártelo como un clásico nacionalismo romántico, que desea imponer, de manera anacrónica, un típico proyecto político del siglo xix –la construcción de un Estado cultural y lingüísticamente homogéneo–, en una sociedad diversa y compleja que ya es del siglo xxi». Explicación o advertencia que solía bastar para poner sobre aviso a una persona educada en los desastres que trajo el nacionalismo en el siglo que va en medio, el xx.

Sin embargo, pienso ahora que esta descripción se deja fuera buena parte del fenómeno, o por mejor decir, del Procés. Ciertamente, sigo creyendo que el viejo programa del romanticismo alemán –a cada Lengua, una Nación, a cada Nación, un Estado– es la brasa que arde en el corazón de los más arriscados partidarios de la independencia. Tal es el caso de los cabecillas Puigdemont o Junqueras. Pero ésta no es una motivación que cuadre bien con muchos jóvenes catalanes urbanos y sofisticados que se han inscrito en el independentismo a última hora, de manera frívola y casi al vuelo. En su caso, es otra manzana la que han mordido: el fruto rabiosamente contemporáneo del decisionismo. El virus Schmitt, detectado por Jose Luis Pardo en su sugerente Estudios del Malestar. La doble y falaz creencia de que, primero, todo se puede decidir, y, segundo, puesto que todo es decidible, nadie mejor para decidirlo que yo mismo, sin preguntar a nadie. Y es que la cultura contemporánea nos impele a diario a deshacernos de vínculos para ganar en opciones, a rechazar herencias o responsabilidades y a volver a empezar ad libitum. Nuestra libertad, podríamos decir, la entendemos ya siempre como autodeterminación, nunca como autolimitación. Los otros, que se fastidien, porque nada es más bello que mi voluntad incondicionada. Herder, Schmitt, pero también un poco de Kant. Las raíces de nuestra neurosis son complicadas.

Esta confluencia entre nacionalismo de ayer y decisionismo de hoy es el animal político que tenemos enfrente –lean al respecto a Jorge San Miguel, que lo vio antes, en el Letras Libres de este mes– y de cuya doma depende la pervivencia del Estado liberal.

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