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Opiniones libres de algoritmos

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En el rincón de pensar

"Viéndonos a nosotros mismos encerrados como el oso en el zoo, con su trozo de terreno, su piscina para chapotear, entendiendo que no hay nada más preciado que la salud, el amor, la libertad, la capacidad de escoger tu propio destino"

Foto: @ishang | Unsplash

Han sentado al noventa por ciento de los españoles en el rincón de pensar. En el rincón de evaluar la vida, cada uno en su momento vital. Los jóvenes, algunos despreocupados, otros ansiosos por sus futuros universitarios o deportivos tratando de asumir que sus objetivos más inmediatos serán pospuestos, piensan. Los no tan jóvenes, desesperados por la parálisis del presente en el que pedaleaban por adquirir un piso, pagar una hipoteca, ganar un sueldo que los sacara de la ansiedad económica constante, piensan. Pensarán también las mujeres maduras y ya de por sí reflexivas, como yo, mujeres y hombres de clase media que tenemos ya aquello en lo que pensábamos de jóvenes y que nos sentiremos culpables de tenerlo, viéndonos a nosotros mismos encerrados como el oso en el zoo, con su trozo de terreno, su piscina para chapotear, entendiendo que no hay nada más preciado que la salud, el amor, la libertad, la capacidad de escoger tu propio destino. Pensarán los ancianos temerarios que es mejor morir de virus que de soledad, los sabios pensarán y no les servirá de nada, los atemorizados pensarán y quizá se sentirán mejor que antes de tenerle miedo a la nada por comparación con el miedo a lo real y relevante. Los más desvalidos morirán sin tener tiempo de pensar en nada, siendo su muerte la evidencia de que el sistema nunca fue lo suficientemente fuerte para atenderlos como merecen. Ha llegado el tiempo de pensar, de pensar demasiado en lo inconmensurable, de tratar de vivir el día a día con rutinas vacías y el terror de la certeza de que las catástrofes anunciadas no se anuncian como deberían.

Unos descubrirán a quienes les rodean. Descubrirán si la vecina ruidosa es más que un ruido insoportable en el techo o un perrito que ladra ochenta veces al día para convertirse en esa mujer solidaria que empieza a coser mascarillas o a hacerle la compra a la anciana a la que antes torturaba con sus tacones. Otros descubrirán el verdadero tamaño de sus hogares, que no necesariamente se miden en metros cuadrados, sino en felicidad de convivencia, en amor, en paciencia, en privilegio, en dinero en el banco, en comida en el frigorífico. 

Vemos cada día la talla de nuestros políticos, que se mantienen serenos, nos tranquilizan, nos sermonean o nos asustan, pero los vemos más que nunca, ante la desgracia, dándonos mucho en qué pensar. Profundizaremos en ellos porque tenemos tiempo de pensar e investigaremos quiénes son realmente en Wikipedia, qué estudiaron, dónde, cómo empezaron su carrera política, quiénes son sus mujeres, contagiadas, en qué trabajan, por qué son ellos y no otros quienes nos llegan con lo que dicen. Investigaremos sobre sus vidas porque nos sorprenderá la inteligencia de algunas ministras o el aplomo de un diputado y tendremos muchas más armas para entenderlos, votar, si es que estamos vivos para votar la próxima vez que nos llamen a las urnas.

Pensar demasiado nos hará temblar. Tener pesadillas en mitad de la noche, terremotos emocionales que nos agitan y terremotos imaginarios que nos despiertan con sudores fríos y que nos hacen pensar aún más y analizar nuestros síntomas reales o inventados. 

Separaremos cada día el grano de la paja, en una búsqueda constante de información que se repite desesperadamente. Estimaremos el tiempo del confinamiento, pensando y reflexionando con artículos especializados publicados sobre lo sucedido en China y nos diremos unos a otros, si aún no ha acabado allí, aquí apenas si ha empezado el confinamiento y el ejercicio de pensar, pero ¡cuánto pensamos! ¡Qué lección de aprender a pensar!

Miraremos impotentes a nuestros médicos y enfermeras asistir a los enfermos con protección insuficiente. Sabemos que enfermarán. Valoraremos su esfuerzo y pensaremos en la recompensa que les daremos cuando todo esto termine. Se la daremos. Tenemos que dársela. Eso lo pensamos todos. 

Se la daremos y quizá pensaremos en reconstruir la economía incidiendo ahora en esos sectores que más hemos echado en falta, eliminando dependencias creadas al otro lado del planeta, o reduciéndolas, invirtiendo en producción y no en turismo. Invirtiendo también en emociones y en calidad laboral para aquellos que cuidan de nuestros dependientes. Yo pienso que es la oportunidad inapreciable de crear estructuras y vocaciones en los sectores de investigación y desarrollo, del avance científico y farmacéutico, la logística o la digitalización.

Quizá veremos los canales de Venecia transparentes, los cielos de Madrid despejados y pensaremos en esos peces tranquilos, en los gatos tomando Roma, en los ciervos paseando por las calles de una gran ciudad, como si fuera el turno de la naturaleza para manifestarse sin más pancarta que su propia presencia ante nuestra ausencia. Sería interesante pensar en nuestro trozo de planeta y en reducir los millones de vuelos inútiles que nos llevan a turismos absurdos el los confines de la tierra. Viajes en los que huimos de nosotros mismos, de una realidad de hogar infeliz, de una falta de satisfacciones elementales. 

Quizá, no solo pensaremos, sino que hablaremos y aprenderemos a hablar, a sentir, a emocionarnos con lo más sencillo. 

O quizá, seamos como los niños en el rincón de pensar y esto pase y olvidemos la pesadilla como se olvidan los sueños al despertar. 

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