Manuel Arias Maldonado

En la diana

«En la política democrática se pueden hacer muchas cosas, menos perder las formas: porque son la sustancia»

Opinión

En la diana
Foto: | Wikimedia Commons
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Jean Paul Sartre dejó escrito que es necesario separar a los hombres por los ritos, para evitar que se maten entre ellos. ¡Algo de razón llevaba! De ahí la importancia de las formas democráticas: los procedimientos reglados, el imperio de la ley, la separación de poderes. Algunos tienden a olvidarlo; se diría que prefieren que nos matemos entre nosotros. Dicho sea, naturalmente, en sentido figurado.


Viene esto a cuento del hábito que algunos miembros del Gobierno -maleducados sin duda por sus primaverales años de activismo- no terminan de abandonar: el señalamiento de periodistas y jueces. Se diría que para Iglesias y Echenique, por mencionar a los líderes más aficionados al trazo grueso, el desempeño de los representantes políticos debe escapar a la fiscalización y a la crítica; el privilegio de tomar decisiones que influyen sobre la vida de los ciudadanos ha de ir acompañado del derecho a hacerlo sin rendir cuentas ni responder preguntas. Por eso se puede decir que la judicatura es una oscura entidad reaccionaria o que un periodista como Vicente Vallés es la «ultraderecha». Sobre los periodistas que eluden hacer preguntas incómodas, en cambio, no tienen queja alguna.

He aquí un rasgo del estilo político populista, que Donald Trump ha llevado al paroxismo con sus tuits incendiarios: cualquier información comprometedora es tachada de vulgar «desinformación» y quienes la publican son enemigos del pueblo. Recordemos que Trump ganó las elecciones presidenciales sin el apoyo de ninguno de los grandes periódicos tradicionales. En España no hemos llegado tan lejos; ni siquiera tenemos un Kanye West dispuesto a competir por la presidencia. Sin embargo, no me consta que ningún congresista de Montana haya puesto en la picota pública a la propietaria de un piso por no rebajar el precio de un arrendamiento, como hizo Irene Montero hace algunos meses. También el presidente del gobierno ha recurrido a esas tretas: cuando se habló de su famosa tesis doctoral, respondió hablando de fake news y anunció querellas que nunca llegaron presentarse. No están solos; casi todos nuestros partidos han descalificado al mensajero en momentos de apuro. Pero señalar a periodistas con nombres y apellidos es una inquietante novedad.

Tal vez nada de esto deba impresionarnos demasiado: las fricciones entre gobiernos y periodistas han sido una constante de la historia democrática occidental. Pero tendría que preocuparnos, ya que poner en la diana a los periodistas es ponernos a todos en ella: nadie está a salvo de ser el siguiente. Y, desde luego, no es esto lo que se espera de un gobierno. ¿O se imagina alguien a Angela Merkel poniendo en la picota al presentador de un telediario alemán? En la política democrática se pueden hacer muchas cosas, menos perder las formas: porque son la sustancia.

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