Edmundo Paz Soldan

En la fiesta de Maximón

Difícil situación la de ser custodios ortodoxos de la fe, cuando la fe misma, por su naturaleza, no sabe de razones

Opinión

En la fiesta de Maximón

Difícil situación la de ser custodios ortodoxos de la fe, cuando la fe misma, por su naturaleza, no sabe de razones

Acaba de transcurrir en Guatemala la fiesta de San Simón (o Maximón, para los mayas). El culto se concentra en torno a ciudades como San Andrés Itzapa y Chimaltenango. La Iglesia católica no acepta este santo sincrético, proveniente de tradiciones mayas y conectado no sólo con la bondad sino con el mal (a Maximón uno le puede rogar para vengarse de otra persona, o para conseguir ganancias a expensas de otros). Con el paso del tiempo, a esta figura se le han ido añadiendo diversas connotaciones mágico-espiritistas. 

América Latina está llena de figuras heterodoxas como San Simón o Maximón, repositorios de deseos y ansiedades que no terminan de canalizarse a través de las instituciones tradicionales de la fe. En los pueblos y ciudades mineras de Bolivia, por ejemplo, se encuentra el culto del Tío, conectado con tradiciones prehispánicas que se mezclaron con el simbolismo del diablo cristiano. Su imagen es venerada en las entradas de las minas, y se le ofrenda alcohol, cigarrillos, hojas de coca; como su nombre mismo lo indica, el Tío es parte de la familia. Los mineros, que suelen ser católicos, ven en él a una figura poderosa, el guardián de las entrañas de la tierra, tampoco asociado a la luz. No hay contradicción en rezarle el mismo día a Jesucristo y al Tío. Cada uno cumple diversas funciones.  

La Iglesia católica, al seguir rechazando a San Simón o Maximón, lo seguirá haciendo crecer. Difícil, mejor dicho imposible situación, la de ser guardianes racionales de la doctrina, custodios ortodoxos de la fe, cuando la fe misma, por su naturaleza, no sabe de razones.

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