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En la mitad de la vida

Foto: EFE | EFE

Ha comenzado el juicio a los líderes políticos catalanes que participaron en el diseño y la ejecución del procés y la Declaración Unilateral de Independencia (DUI). Las vistas se producen en un contexto político marcado por la caída del proyecto de Presupuestos y el inminente anuncio de elecciones generales anticipadas. La imagen de los acusados en el banquillo del Tribunal Supremo compite así con otras noticias políticas, pero acaba por imponerse en nuestros telediarios y conversaciones en redes. Durante meses, hemos escuchado que este sería el momento de los argumentos técnicos, de la aséptica narrativa jurídica, y que nada de lo que hasta entonces habíamos opinado unos y otros tendría sentido ahora: se impondría una verdad judicial, ajena al ruido, las preferencias y los sentimientos de los espectadores.

Este era –es– el momento de la verdad, el de la razón y la evidencia. Al menos para los jueces y juezas de la Sala que juzga los posibles delitos. Pero no lo es para los que lo observamos. No puede serlo en la era de las redes, el streaming y Ferreras 24/7, en la democracia sentimental que tan bien explicara Manuel Arias en su libro homónimo. La imagen de unos líderes electos en el banquillo, con una autocalificada imagen pacifista y serena, no se compadece con el recuerdo de aquellas semanas del otoño de 2017.

Aquel fue un trauma político inolvidable para una generación en cualquier rincón de España. Y no cabe minimizarlo. Si no hubo violencia, al menos existía la sensación de que podía estallar en cualquier momento. La vulnerabilidad no fue solo del Estado y cualquiera que tuviera amigos no afectos a la causa independentista lo sabía. Justificadamente o no –los simpatizantes del procés suelen extrañarse ante esto–, había miedo. Miedo y pena. Y hubo una DUI ilegal: no hay sensación de pesar que pueda negar ese hecho. Por ello se les juzga.

Acabo de leer En mitad de la vida (Libros del Asteroide), un breve y recomendable ensayo del filósofo británico y profesor del MIT Kieran Setiya. Sus reflexiones nacen de una constatación a la que llegamos cerca de –o ligeramente sobrepasados– los cuarenta años: que, más allá de matices, lo que uno es ahora, lo será ya siempre. Que las opciones se estrechan y hay menos vías de escape, ni siquiera hipotéticas. Las obligaciones propias de la edad –hijos, padres, carrera profesional, hipoteca– abruman y marcan los límites de la aventura. “La mediana edad no solo es perderte cosas en otras vidas, sino en el significado de la vida presente, al no tenerlas ya como opciones”, escribe Setiya.

El aprendizaje de los límites y su asunción –alegre o resignada– es el gran proyecto de la madurez y uno de los principales actos de generosidad con tu realidad concreta –esos hijos, padres, carrera profesional, hipoteca–, en detrimento de los ideales más abstractos, por más queridos que sean. No hay épica en pensar lo contrario en una democracia.

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