THE OBJECTIVE
Alexandra Gil

En quién pensé cuando abatieron a al-Baghdadi

«Al escuchar a Donald Trump anunciando la muerte de Abu Bakr al-Baghdadi, yo pensé en Nadir y en la actitud chulesca que durante tres horas mantuvo ante aquel tribunal»

Opinión
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En quién pensé cuando abatieron a al-Baghdadi

–”Temed a Alá, musulmanes de Francia”. Cuénteme.

–¿Qué?

–Sí. Eso lo ha compartido usted. Hemos hecho una pequeña selección de los mensajes que usted ha escrito en su muro de Facebook desde 2014. Yo le voy a ir nombrando los que más han llamado la atención del jurado. Y usted me va diciendo.

La jueza de la Sala 16 del Tribunal de París no da crédito. Nadir, 28 años y ataviado con un qamis blanco sobre un pantalón vaquero fuerza tras cada respuesta un silencio de incredulidad en el jurado. Una melena negra ondulada flota sobre sus hombros mientras mantiene el mentón aupado con rostro desafiante en el estrado. Se enfrenta a su primer juicio por apología de terrorismo. Ha preferido que su abogado de oficio no lo defienda. Ha venido solo.

«Temed a Alá, musulmanes de Francia”. No ponga usted esa cara. Compartió ese vídeo en su muro de Facebook. El 4 de octubre de 2014, concretamente.

–No sé usar Facebook. Lo dejé ahí porque lo uso… Cómo decirlo… [deja girar su muñeca]. Uso el muro de Facebook para guardar enlaces de cosas que quiero leer después, ¿sabes?

–No. No sé. Es decir, que según usted no sabía lo que compartía.

–Eso es.

–Sin embargo, usted mismo con su propia cuenta comenta este vídeo que comparte en su muro público. Y lo comenta con la frase… [Levantando el dedo busca en sus documentos] Con la frase… “Despertémonos, in Sha Allah Salam”.

– …

–¿Qué quiere decir con eso?

–Nada

–Hombre, algo querrá decir. Le explico. Es un vídeo en el que vemos a Fouad Belkacem que como bien sabe usted era dirigente de la organización sharia4belgium, que fue condenada por terrorismo en Bélgica.

–Yo comparto eso sin más. Ni siquiera sé lo que dice ese vídeo.

–Sin embargo, lo comenta. “Despertémonos”, dice usted. ¿Por qué tenemos que despertarnos? ¿De qué?

–No sé por qué dije eso. Lo escribí sin más. No vi el vídeo.

–Usted comenta vídeos, por lo que se presupone que al difundirlos, sabe de qué hablan esos vídeos. Y todos tienen el mismo carácter. En eso estará usted de acuerdo conmigo.

–No lo sé.

–No lo sabe. ¿Qué me dice de otro de sus posts?  Más reciente, este hace solo unos meses. ¡Debería usted acordarse! Dos niños yihadistas, que además son franceses. Están en Siria. Y su comentario, el de usted. ¡El de usted, señor C.! Es: “La verdad sale de la boca de los niños”.

–¿Y qué?

–¿Cómo dice?

–Es un refrán, ¿no? Se dice que los niños siempre dicen la verdad. No sé por qué puse eso. Porque es un refrán, supongo.

–Es decir, que lo que estos niños dicen, usted lo prescribe.

–No. Yo comparto el vídeo, que ni lo he visto. Y lo otro que escribo, digo que es un refrán, nada más.

–Ya veo. ¿Qué me dice de la foto que colgó en su muro el 6 de enero de 2017? En ella aparece un pasaporte francés cubierto de sangre, con la frase: “La fitna (división) es más grave que el asesinato”. ¿Qué quiere decir con eso?

–Nada. No es una amenaza ni nada de eso. Es que para algunos musulmanes votar no está permitido. Esa foto no la hice yo. La compartí, eso es todo. El montaje ya estaba hecho.

–¿Usted vota, señor C.?

–No.

–Sigo. Unos días después… Porque estaba usted muy activo, ¿eh? Hay que decir que para no entender cómo funciona Facebook, lo utilizaba usted a menudo. 14 de enero de 2017. Usted comparte un texto que se llama “Razones por las que hay que hacer la yihad”.

–No lo leí.

–En ese texto se hace un llamamiento a “combatir y aterrorizar a los infieles, humillarlos y cubrirlos de vergüenza”, “hacer mártires” y “proteger al Estado Islámico de los infieles”.

–Lo compartí sin leerlo.

–Lo que sí sé, es que lo compartió, señor C. En una red social pública. Su cuenta no era privada, señor C. Su cuenta era pública. Por eso está usted aquí.

Al escuchar a Donald Trump anunciando la muerte de Abu Bakr al-Baghdadi, yo pensé en Nadir y en la actitud chulesca que durante tres horas mantuvo ante aquel tribunal. En la adaptación de su discurso, en todas las veces que negó que aquellos mensajes portadores de odio estuviesen adscritos a una causa. En su tono, nunca exento de medias sonrisas, como si su mera presencia en solitario en aquel juzgado fuese una materialización más del desafío de su ideología, la que hoy muchos piensan debilitada con la desaparición de su califa autoproclamado.

No solo pensé en este joven (nacido en París y al que perdí la pista cuando, tras algo más de seis meses en prisión, fue liberado y regresó a su casa, en el céntrico barrio de Bastilla). También recordé la firmeza con que Mouna, la madre de un francés retornado, defiende, cada vez que nos vemos en su cocina del extrarradio parisino, la inocencia de su hijo Abdel, que se enfrenta ya a su quinto año de prisión tras haber pasado tres semanas en tierra siria. Me hicieron falta algo más de ocho meses de conversaciones con la familia para conocer la fecha de aquel juicio y oír al fin en boca del magistrado los cargos que realmente recaían sobre él. Pude escuchar los audios del joven (26 años), que en sollozos se despedía de su familia horas antes de un atentado que, por motivos que no han llegado a esclarecerse, no cometió. Pensé en los mensajes de Facebook que el juez leyó en voz alta y que Abdel envió desde aquella misma casa de extrarradio a su contacto en Siria, días después de regresar a su París natal clandestinamente: “He vuelto porque allí las cosas se pusieron complicadas. Decidme de qué manera puedo ser útil desde Francia”. Recordé su mirada durante el juicio: entre indiferencia y mofa. También las palabras que me transmitió recientemente su abogada, preocupada por la deriva conspiranoica de este retornado entre rejas. “El aislamiento total no le está haciendo ningún bien y está perdiendo el norte. Su madre, Mouna, y en general la familia, no ayuda: están todos convencidos de que su encarcelamiento es un complot, y de que Francia ha creado pruebas falsas para mantenerlo preso. Un delirio”.

El anuncio de Trump llegó tres días después de las palabras del secretario de Estado francés, oportunas y sintomáticas de esa extensión de una amenaza que no se ve interrumpida con la muerte de Baghdadi:  Actualmente hay algo más de 9.000 personas vigiladas por radicalización violenta en Francia”. Me vino a la mente otra cifra: 943. Son los presos que, encarcelados en prisiones francesas por delitos comunes, figuran ya como radicalizados. Pensé, cómo no, en los cerca de 70 presos condenados por yihadismo en España cuya puesta en libertad está prevista para los próximos cuatro años. En nuestra vecina Francia: frágil, traumatizada, a merced del miedo, de respuestas binarias a tan complejas cuestiones, de su tendenciosa politización. Una Francia que no llegó a tiempo, que ha dejado de escucharse, que no se gusta a sí misma.

Y por supuesto, pensé en las víctimas que esta ideología arrastra a diario, en la frenética capacidad de mutación de sus adeptos y en la ya innegable fracturación de sociedades europeas cada vez más polarizadas.

Cuando abatieron al califa, yo pensé en su legado.

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