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En retirada

La actitud conservadora admite, al menos, dos variantes. La primera se deja guiar por unas convicciones, es doctrinaria y se desplaza de arriba abajo: de las ideas a la realidad más inmediata. La segunda, en cambio, incide en lo que el filósofo inglés Michael Oakeshott calificaba como apego al presente y en la desconfianza hacia los cambios bruscos y las reformas radicales. Para Oakeshott, «ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…». Por supuesto, en esta concepción del conservadurismo, el credo ideológico prima menos que la estabilidad o que los equilibrios sociales e institucionales del país. Una es activa; la otra, pasiva. La primera quiere imponer un modelo de sociedad –que considera más moderno, más justo o sencillamente más eficaz– y la segunda se conforma con mantener cerrada la caja de Pandora que podría enfrentar a los ciudadanos en una amalgama de conflictos sin soluciones claras. Ambas son instintivas, aunque respondan a instintos de diferente orden. Y, si aplicamos este marco a la política nacional, Aznar y Rajoy representan las dos almas del conservadurismo español, con sus respectivos intereses, sus filias y también sus fobias.

La prudencia de Rajoy casa con el consejo ignaciano de no hacer mudanza en tiempos adversos. La doctrina Bartleby, que se resume en un “preferiría no hacerlo” –por utilizar la acertada descripción que del rajoísmo propuso el escritor José Carlos Llop–, juntamente con la centralidad que concede el control del  poder, le permiten explotar las contradicciones ajenas mientras ve llover detrás de la ventana. Los vientos económicos soplan de nuevo a favor, el PSOE está roto y Podemos dividido. En su caso, lo familiar resulta preferible a cualquier otra variante de lo desconocido, incluidas las acepciones del populismo de derechas que asoman ya en el horizonte: Trump y May, sin ir más lejos. ¿Qué busca entonces Aznar aireando su malestar ante al presidente del gobierno? Es difícil saberlo, más allá de reivindicar un posicionamiento ideológico que ni siquiera corresponde al de los nuevos populismos conservadores, cuyo mantra insiste en la renacionalización de la soberanía y en el cierre de fronteras. A lo lejos se adivina una FAES independiente del PP. Que pueda consolidarse como un think tank liberal-conservador de relieve europeo depende en gran medida de la presencia mediática e ideológica de José María Aznar, cuyo recorrido como político en España resulta ya escaso. Que a nadie le quepa duda de que el próximo congreso del Partido Popular se cerrará con éxito para Mariano Rajoy. A pesar del ruido, el aznarismo se bate en retirada táctica.

Lee también la opinión de José Antonio Montano:

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