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Encauzar el conflicto

La solución, tarde o temprano, pasará por una cesión mutua de las partes en discordia y por la renovación de un pacto roto y el necesario restablecimiento del consentimiento

Foto: QUIQUE GARCIA | EFE

Desde hace casi una década la democracia española atraviesa una fuerte crisis constitucional cuyas consecuencias las sufrimos fundamentalmente en Catalunya, cada vez más sólo en Catalunya, pero que reverberan en la mecánica del Estado de las Autonomías y también en la imagen que el Estado proyecta más allá de sus fronteras –como evidencia la campaña, tan processista, que esta mañana ha activado el gobierno en funciones, como si se hubiese visto obligado a dotarse de un escudo propagandístico–. Dicha crisis territorial, que hace demasiado debería haberse encauzado a través del diálogo entre las instituciones del ordenamiento constitucional, ha degenerado en un conflicto enquistado y completamente anómalo en la Europa democrática. Su solución no pasa ni pasará por el Código Penal ni por la repetición de un episodio de desobediencia institucional. La solución, tarde o temprano, pasará por una cesión mutua de las partes en discordia y por la renovación de un pacto roto y el necesario restablecimiento del consentimiento.

Pero desde hoy a las 9 y pico de la mañana la resolución política de la crisis es aún más ardua y compleja: la sentencia confirma con frialdad el fracaso de la política y arrincona el dolor en una sola de las partes, que ya había sufrido dos años de prisión preventiva. Difícilmente la sentencia dictada por la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo podía mejorar la situación antipolítica en la que estamos, como si todo dependiese del poder judicial, pero la esperanza ingenua de un escéptico optimista era que no empeorase.

Y mi sensación es que desde hace pocas horas ha empeorado. No sólo porque la libertad de los encarcelados se haya alejado más de lo que muchos deseamos –y sin esa libertad, se logre como se logre, no habrá normalización de la convivencia– sino porque las consecuencias políticas de la sentencia nos condenan a todos a estar institucionalmente atrapados durante aún más tiempo. Y el tiempo, en esta coyuntura, no pasará en balde. Porque no ha habido tiempo muerto. Y mientras el tiempo sigue pasando, cronificando una situación tan anómala también en la Europa democrática, se va estrechando más y más el marco de diálogo donde debería poderse empezar a trabajar.

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