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Enseñar a fracasar

Foto: Marcelo del Pozo | Reuters

Siete años impartiendo clases en la Universidad, además de un salario suficiente para saltar el obstáculo de las facturas, procuran una idea del futuro más inmediato. Quiero decir que el trato con alumnos proporciona pistas que ayudan a sospechar el tipo de ciudadano que tomará las riendas del país en pocos años. Y lo que nos espera, lo digo ya, es inquietante. Podría rebatir con empirismo el mantra «la generación más preparada de la historia»; pero dejemos lo académico y limitémonos a lo humano: el alumno, antes que una cifra o una ortografía más o menos cristiana, es alguien que afronta la realidad desde unos prepuestos ontológicos. Y entre estos, según lo que veo, apenas hay sitio para el fracaso.

Al grano. En un principio, me extrañaba el hecho de que un alumno montase un numerito tras haber cateado —voces de parturientas y llanteras hiperbólicas— o que otro que superaba ya la treintena llegase a mi despacho acompañado del padre y éste me suplicase un cinco para su hijo (que dicho sea de paso, le sacaba dos cabezas). Después me acostumbré. Hasta he padecido amenazas físicas. Me acostumbré porque no son hechos aislados; al contrario, asustan por el número de veces que se repiten. Y esto es lo preocupante: el pataleo escandaloso frente al fracaso. La culpa no es de los alumnos, claro. Al joven se le adiestra hoy con el horizonte de un triunfo rápido, un aplauso a la vuelta del mínimo esfuerzo. Sólo hay que ver los programas que infestan las cadenas televisivas o el circo romano de las redes, donde uno hace piruetas para agenciarse protagonismo. El triunfo a toda costa, porque triunfo significa dinero, y el dinero es el propietario de este mundo caduco pero todavía poético. No obstante, la vida pone obstáculos y curva lo que pensábamos una autopista. Siendo más explícito, la vida abofetea. La sociedad actual parece no tenerlo muy en cuenta. Influida por la lógica mercantil, espera del hombre que sea competente. De hecho, son las competencias las que rigen las guías docentes de cada asignatura. Se trata de «Operación triunfo». Uno ha de ser rentable en la enorme empresa de este mundo. Con este fin, hasta los padres han dejado de ser padres y ahora, convertidos en amigos, son administradores de una felicidad instantánea y sometida a los arbitrios del hijo: «Si es feliz así, yo no puedo oponerme». Tras esta dudosa dicha, no obstante, veo mucho diazepam, tranquimazil y valium en las aulas donde imparto clase.

Enseñar a fracasar, creo, es una tarea urgente. Aunque viviendo más y disponiendo de electrodomésticos y transportes que nos ahorran tiempo, Berardinelli observa con atino que cada vez tenemos menos tiempo, y encima, en esta precaria temporalidad, se nos exige el éxito. Yo prefiero asumir el fracaso, la hipótesis de que todos mis planes pueden naufragar, aun trabajando duro. El escritor es alguien que ha de acostumbrarse al tachón y la papelera y a la negativa de las editoriales, también obedientes a la lógica del beneficio. No se trata de buscar el chasco, sino incluirlo en nuestros planes. El fracaso, además, propicia la reflexión, desacelera el tiempo, es una posibilidad para encontrar al prójimo, resumido en una mano tendida o en una palabra consoladora. Fracasar nos enseña a enderezarnos, sobre todo nos devuelve a nuestra condición de criaturas, que no de no dioses, cuando todo nos invita a pensar lo contrario. El verdadero fracaso es una sociedad que no sabe fracasar porque ha perdido el horizonte. Sin horizonte, volver a levantarse carece de sentido.

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