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Entre el ruido y las nueces

Resulta que los designios de la “crítica literaria”, y mira que odio recurrir a esta etiqueta entrecomillada, son tan inescrutables que incluso cuando uno pensaba que el ruido había terminado todavía queda espacio para intuir alguna nuez inesperada. Me explico. Días ha escribí un artículo de opinión, y recalco el término “opinión” por si la constante aparición de la primera persona del singular no bastara para aclararlo, en el que enumeraba diez libros que yo consideraba sobrevalorados. El texto causó algo de revuelo por atacar a figuras de la literatura universal de la talla de Lorca o de Neruda. Es obvio que siempre han existido ídolos que sólo dan pie a la contemplación y no a la crítica, y obviarlo me costó no pocos aullidos y alguna que otra caricia. Cuando este ruido, clásico en el foro en el que se mueven las letras hoy, hubo cesado, llegó hasta mí una crítica a dicho texto firmada por don Camilo José Cela Conde. Como ya he sugerido, intuí que la crítica podía ser constructiva dada la talla de quien firmaba el texto, pero a medida que fui desgranando cada párrafo comprendí que no sólo era más ruido que nuez sino que, además, desafinaba más de lo que se pudiera pensar a priori.

En su columna, don Camilo José vino a decirme que cualquier opinión que yo pudiera verter sobre estos autores de tan excelsa talla es “patética” porque lo hago sin “el bagaje y la autoridad que les da el haber sido capaces de componer verdaderas maravillas”. Por supuesto, don Camilo José Cela Conde no utilizó ni un solo razonamiento exclusivamente literario para rebatir mi opinión, se olvidó de los rasgos artísticos que pudieran definir estas obras y se limitó a esgrimir, para descalificar el texto, el más triste de los argumentos: sólo Cervantes puede opinar sobre Cervantes. Es decir, que sólo alguien que ha escrito un clásico puede referirse a los clásicos, y que es labor del redactor jefe establecer esa línea de censura (espero que la referencia a Shakespeare en el título de esta columna, clásico entre clásicos, supere la censura del editor del texto).

Puedo estar de acuerdo, faltaría más, con la discrepancia de opiniones respecto a tal o cual obra. No sólo estaría de acuerdo con ello sino que nada me gustaría más que charlar con don Camilo José sobre si el mundo surrealista en el que nos sumerge Lorca durante su “Poeta en Nueva York” está a la altura de la tradición elegante de su “Romancero”, o sobre si hemos de preferir al Neruda bucólico de “Veinte poemas” o al americanista épico de “Canto general”. Incluso podría estar de acuerdo con el malestar que pudiera provocarle comprobar que su padre, don Camilo José Cela Trulock, aparece en la dichosa lista de libros sobrevalorados por la puerta de su célebre “La colmena”, obra que no por sobrevalorada dejo de etiquetar como imprescindible. Todo esto podría aceptarlo, y cargaría con ello sin estridencias.

Eso sí, con lo que ya no puedo estar de acuerdo, por muy ilustre que sea la mano que lo firme, es con un texto que censura la voz de un lector por el simple motivo de no cumplir con los requisitos que a la “altura intelectual” del señor Camilo José Cela Conde le apetezca imponer. De hecho, hay un secreto que quizás este tipo de censores no conozca. Se puede contemplar un libro con mirada crítica sin contar con una formación académica tan admirable como la del señor Cela, sin haber ganado un Nobel, sin haber escrito el Quijote, sin cumplir los cuarenta, sin que te publique el ABC, sin que tenga aparecer en ésta o en otra columna. Incluso se puede criticar un libro sin ser el hijo de uno de los novelistas más geniales del siglo XX. Es más, por airear del todo el secreto, confesaré algo que me sirva además para cerrar la columna. Para construir una opinión propia alrededor de un libro sólo hace falta una cosa: haberlo leído. Y eso nadie, ni el más orwelliano de los columnistas, puede censurarlo.

 

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