José Carlos Llop

Entre Godoy y Caravaggio

«El rostro de Caravaggio era infinitamente peor que el de Godoy y de cruzarse con él en una calle nocturna habríamos salido corriendo»

Opinión

Entre Godoy y Caravaggio
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José Carlos Llop

José Carlos Llop

José Carlos Llop (Mallorca, 1956) es poeta y escritor. Su último libro de poesía, La vida distinta (Pre-Textos); de narrativa, Oriente (Alfaguara).

Hace unos años, paseando por Badajoz, mis anfitriones me señalaron una casa estrecha, de tres pisos y con la fachada muy ornamentada. «Es la casa natal de Godoy», me dijeron. En aquel momento ni recordaba que Godoy hubiera nacido en Badajoz, pero sí que era un hombre que, debido a la inquina nacional que se le tuvo, gozaba de alguna simpatía literaria por mi parte.

Quiero decir que siempre pensé que bastante bueno debía de haber también en él para que se le hubiera tenido –y tuviera entre algunos todavía– tanta manía y aversión. Que fue un petimetre presumido y un trepa de lo más ambicioso –como lo son, por distintos motivos, Julien Sorel y Edmond Dantès–, pues sí, pero que fue más cosas de mérito –y no sólo por haber sido el artífice de la paz de Basilea– pues también. Al menos, repito, como personaje literario y no sólo por haber escrito unas Memorias.

Lo es de refilón en Bearn, la novela de Llorenç Villalonga. El antepasado de don Toni de Bearn tenía una gran casa de muñecas en una sala de su predio y el escritor mallorquín nos da a entender que, al encerrarse en ella, unas veces se disfrazaba con casaca y espadín y otras, de mujer. La leyenda familiar susurraba que había sido amante tanto de la reina María Luisa como del valido Manuel Godoy. Así como de pasada y sin ser muy explícitos, eso se apunta en Bearn o la novela mallorquina más conocida y valorada del siglo XX, donde no aparece, por cierto, ninguna pintura de Caravaggio.

Manuel Godoy ha pasado por ser un advenedizo de tomo y lomo, como si fuera uno de esos personajes que salen de la nada y acaban deslumbrando en la corte y después caen en la miseria civil. Eso hizo, efectivamente, pero no salía de la nada: pertenecía a la pequeña nobleza de provincias y su padre era militar, coronel del ejército y buen padre. Quiero decir que se ocupó de la educación de sus hijos de manera tan refinada como completa. Godoy, guapo, apuesto y tan inteligente como astuto, supo sacar provecho de las enseñanzas paternas. Que su ambición fuera desmedida, que careciera de sentido de la moral, que fuera amante de la reina –y los hay que dicen del rey–, que tal cosa y tal otra, no son más que rasgos, vuelvo a repetir, de un buen personaje literario. Que pasara a la historia de España como un ser de mal fario, ahí sí que el dictamen pertenece a los historiadores. Pero en la memoria colectiva, si esto existe todavía, ha quedado como alguien siniestro, como siniestro era –éste sí, seguro– el pintor Caravaggio. Y ambos llevan diez días aleteando por nuestro país como murciélagos, o los trasgos que caían sobre Moscú en la novela El maestro y Margarita, de Bulgákov. Todo a raíz de una subasta en Madrid.

Una de las cosas atractivas de Godoy fue su interés de coleccionista por el mejor arte. Fueron de su propiedad la maravillosa Venus del espejo, de Velázquez, su Cristo crucificado, o las dos majas de Goya. Goya mismo fue quien pintó su retrato más popular en el que se observa a un caballero sensual, algo tosco, ávido de todo pero contenido, listísimo y capaz de combinar la mayor frialdad con alguna que otra explosión de ira. El rostro de Caravaggio era infinitamente peor que el de Godoy y de cruzarse con él en una calle nocturna habríamos salido corriendo. Su mala fama llega hasta el asesinato –no sólo uno, parece– y desde luego fue un hombre que se deleitaba con la crueldad y cuyas experiencias y modelos procedían de los bajos fondos. Fue un gran artista y el maestro del claroscuro –de Rembrandt a Georges de La Tour, todos le deben– pero un mal bicho. Si Godoy lo fue también, no le llegó ni a la suela de los talones. Pero nuestro tiempo ha encumbrado a Caravaggio por encima de todos y eso es otro síntoma –por muy buen pintor que sea– de que algo no va muy bien. O como decía Tony Judt, de que algo va mal.

En el motín de Aranjuez los bienes de Godoy fueron saqueados y él se exilió en Francia, donde moriría años después. Entre los bienes del saqueo estaba su colección de obras de arte que se dispersó en manos de particulares e instituciones. De ahí sale el Caravaggio que hace poco se retiró de una subasta madrileña y se encuentra en litigio y a ver qué hacemos con él, si derecho de retracto o libertad de comercio. Esta es, al menos, su posible procedencia y acabó en la Real Academia de Bellas Artes antes de pasar, en una permuta, a manos del político liberal Evaristo Pérez de Castro, a quien no conocíamos hasta ahora, debido al Affaire Caravaggio. Si el Ecce Homo madrileño es o no es un Caravaggio ya lo decidirán quienes más saben, pero vi hace años un Prendimiento de Cristo, del mismo Caravaggio, en la National Gallery de Irlanda y cierto aire sí tienen. Aunque el de Madrid carezca de la espectacularidad del soldado y su coraza negra petróleo del de Dublín. Tiene su lógica que Michael Ondaatje le pusiera de nombre de «Caravaggio» al personaje más inquietante y resentido de su novela El paciente inglés.

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