Anna Maria Iglesia

Entre la ficción y la pragmática

“Muchos libros aparecen con un retrato en la tapa. ¿Esto indica que son los que tienen autor?”. La pregunta de Macedonio Fernández adquiere en estos días particular actualidad con la polémica surgida a raíz de la novela <em>Los últimos días de Adelaida García Morales</em> de Elvira Navarro. Parafraseando a Macedonio, ¿el retrato de García Morales en la portada indica que el libro tiene como protagonista a la autora de <em>El Sur</em>? De la misma manera que la pregunta de Macedonio ponía en discusión la referencialidad entre el nombre de portada y la primera persona de la narración, la pregunta sobre la portada de la novela de Navarro obliga a interrogarse sobre la referencialidad entre la fotografía e, incluso, el título de la novela con el personaje y, a su vez, con la persona que fue García Morales. Dejando de lado valoraciones críticas acerca de la obra de Navarro y asumiendo, inocente sería no hacerlo, los mecanismos de promoción utilizados por todo sello editorial (evidentemente es más fácil vender un libro en cuya portada aparezca el nombre y el rosto de una persona reconocible), en el debate suscitado a partir del crítico artículo de Víctor Erice, se han mezclado dos ámbitos distintos.

Opinión

Entre la ficción y la pragmática
Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.

“Muchos libros aparecen con un retrato en la tapa. ¿Esto indica que son los que tienen autor?”. La pregunta de Macedonio Fernández adquiere en estos días particular actualidad con la polémica surgida a raíz de la novela Los últimos días de Adelaida García Morales de Elvira Navarro. Parafraseando a Macedonio, ¿el retrato de García Morales en la portada indica que el libro tiene como protagonista a la autora de El Sur? De la misma manera que la pregunta de Macedonio ponía en discusión la referencialidad entre el nombre de portada y la primera persona de la narración, la pregunta sobre la portada de la novela de Navarro obliga a interrogarse sobre la referencialidad entre la fotografía e, incluso, el título de la novela con el personaje y, a su vez, con la persona que fue García Morales. Dejando de lado valoraciones críticas acerca de la obra de Navarro y asumiendo, inocente sería no hacerlo, los mecanismos de promoción utilizados por todo sello editorial (evidentemente es más fácil vender un libro en cuya portada aparezca el nombre y el rosto de una persona reconocible), en el debate suscitado a partir del crítico artículo de Víctor Erice, se han mezclado dos ámbitos distintos.

Por un lado, está la parte pragmática a la que alude Erice, cuya dolorosa percepción de la obra no sólo no puede ser discutida, sino que es tan legítima como meritoria de consideración. Por otro lado, está la cuestión acerca de la definición de ficción y la retórica del lenguaje. La escritura, sostenía Barthes, “es ese lugar neutro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”, mientras que Paul de Man consideraba que “la autobiografía es el lugar donde “el nombre de una persona se torna tan ilegible y memorable como su rostro”. Sustituyan “autobiografía” por “novela” y el sentido será el mismo: la búsqueda del referente del personaje narrativo no puede producirse sino dentro de la propia ficción y, por tanto, la Adelaida García Morales de Navarro sólo existe dentro de la ficción de Navarro. Sin embargo, ¿qué sentido tiene la ficción sin un lector? Y es ahí donde aparece Erice. Decía Pozuelo Yvancos que el texto y el sujeto “están insertos en un marco pragmático que ha movido no sólo su configuración narrativa, también su estructura apelativa”. En este sentido, la novela de Navarro apela al lector y toda apelación es tan inevitable como indiscutible, tan indiscutible como el carácter ficcional de toda narración. Mezclar ambos ámbitos es desorientar el debate: la ficción no se define por la recepción que produce, ni ésta pone en crisis el estatuto de ficción. Sin embargo, toda construcción narrativa implica una recepción. Poner en entredicho la recepción del lector, sea cual sea, resulta tan absurdo como impositivo. Desde el momento en que el libro está publicado, éste ya solo pertenece a los lectores.

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