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Entre pitos y flautas

El fútbol es un lugar manejado por el corazón, no por la razón. Dice un dicho que si llenas un estadio con las 70.000 mentes más preclaras de un país, dicha masa de personas se comportará como un niño de cinco años.

En un campo de futbol suelen ocurrir cosas que escapan al entendimiento de cualquiera que trate de aplicar la lógica y comprender el comportamiento de los adultos que llenan sus estadios para ver un partido. Allí se da la circunstancia de que está completamente aceptado que a un árbitro se le llame, por sistema, hijo de puta. También se utiliza ese término para los jugadores del equipo contrario, e incluso a veces para los jugadores del propio equipo. Se desarrollan numerosas fórmulas de insulto a todas las partes, y también a entrenadores, presidentes, y entre aficionados. Se desea la muerte con asiduidad, y se crea el caldo de cultivo perfecto para dar cobijo incluso a agresiones físicas.

Ante ese contexto, ocurre la famosa pitada al himno nacional en la final de la Copa del Rey, y las autoridades se ponen prestas a combatirlo. ¿Cómo? Diciéndole a los presidentes de cada equipo que tomen medidas. ¿Cuáles? Ah, eso ya corresponde a los presidentes. La única realmente efectiva sería poner un policía detrás de cada aficionado y cuando comenzase el himno, taparles la boca. Obviamente, no es posible. Y pitaron el himno, vaya que si pitaron.

El fútbol es un lugar manejado por el corazón, no por la razón. Dice un dicho que si llenas un estadio con las 70.000 mentes más preclaras de un país, dicha masa de personas se comportará como un niño de cinco años. Pretender que un lugar donde tanta gente da rienda suelta a sus sentimientos más ocultos en forma de gritos e insultos incluso delante de sus propios hijos actúen racionalmente respetando un símbolo y un himno que forman parte de una polémica recurrente asentada en esas comunidades, resulta comparable a pegarse cabezazos contra una pared.
Pitar un himno, cualquier himno, es una falta de respeto mayúscula, entra dentro del ámbito de la educación individual, pero nunca debería ser considerado un delito, pues el artículo 20 de la Constitución española ya nos decía, entre otras cosas, que la libertad de expresión no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa. Y es que criminalizar la opinión contraria consigue precisamente el efecto opuesto al que se persigue.

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Abrazos

"Cuando los políticos no pueden ser otra cosa, se dedican a ser sensibleros, convencidos de que una emoción vale más que mil palabras"