Enrique García-Máiquez

ERE qué ERE

El estribillo de moda de las tertulias radiofónicas es lamentar el poco caso que hacen (esas mismas tertulias) al caso de corrupción de los ERE. Comparado, sobre todo, con la polvareda irritada que levanta cualquier caso de corrupción en Madrid o en Barcelona. El hecho parece indudable.

Opinión

ERE qué ERE
Foto: Raul Caro
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

El estribillo de moda de las tertulias radiofónicas es lamentar el poco caso que hacen (esas mismas tertulias) al caso de corrupción de los ERE. Comparado, sobre todo, con la polvareda irritada que levanta cualquier caso de corrupción en Madrid o en Barcelona. El hecho parece indudable.

Las explicaciones que se dan tampoco son disparates. Mientras en otros casos de corrupción, los beneficiados directos han sido los mangantes o sus partidos, en el caso andaluz la corrupción cayó muy repartida, como un premio de lotería. Eso rebaja los grados de la indignación popular, por razones morales muy de andar por caso. Aunque sería fácil explicar que el partido que, mediante el reparto del dinero público, ganaba votos también se beneficiaba a sí mismo (¡y cuánto!) y que el político que se llevaba sus elecciones de calle no fue una hermanita de la caridad. Sería fácil de entender.

Otros sostienen que la diferencia la marca el partido involucrado, que contra la derecha se crea más ruido mediático inexorablemente. Yo eso no lo tengo tan claro, pero si los escándalos del PP indignaran más que los de otros habría que sopesar si es o porque todavía la gente se extraña más de que en el PP haya corrupción que en otros partidos, lo que, a estas alturas, no creo; o porque el PP ha exigido sacrificios a los españoles y ha hecho sus recortes y entonces molesta más que se lo lleven calentito, encima.

Yo vengo a añadir otra razón de Perogrullo, pero que nadie dice. La política andaluza, a pesar del tamaño de la región y de su fuerza demográfica, tiene muy poco peso en la política nacional, fuera de alguna condescendencia ocasional. Ojalá tuviésemos un instrumento para medir lo que el gobierno de España ha pensado en Cataluña en los últimos meses y compararlo con lo que habrá pensado, si acaso, en Andalucía. O un gráfico de los tratamientos mediáticos de la comunidad de Madrid y de Andalucía. A ojo de buen cubero, hay una buena brecha.

Si ahora los ERE no producen revuelo mediático, es natural. Los escándalos son directamente proporcionales a la atención previa. Quejarse de que los ERE no despiertan indignación en el conjunto de España, cuando uno se ha puesto de perfil o por encima del hombro con todo aquello que venía de Andalucía, no será hipócrita —porque es indudable la sinceridad del lamento—, pero casi y poco consistente.

Conste que yo, como andaluz, no vengo a quejarme, aunque lo de los ERE me parezca, en efecto, gravísimo. Estoy, quizá por un efecto rebote, viviendo unas semanas de deliciosa desintoxicación política, después de la vorágine de los últimos meses. Sí me permito arrimarme la moraleja a mi sordina. A veces no estar en el candelero, cuando vienen las horas oscuras, es una magnífica oportunidad para pasar de puntillas. Cierto esquinamiento puede resultar, sin duda, bastante confortable.

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