Marcos Ondarra

Errejón: populismo en bicicleta

«Nos podríamos extender o poner redichos si el personaje lo requiriera, pero lo de Errejón es populismo en bicicleta, autoritarismo imberbe y comunismo en fase primera»

Opinión

Errejón: populismo en bicicleta
Foto: Rodrigo Jimenez| EFE
Marcos Ondarra

Marcos Ondarra

Licenciado en Periodismo y Filosofía. Colaborador en distintos medios. Enemigo de la corrección política y defensor de la tradición como fuente de riquezas.

Íñigo Errejón sabe que el populismo entra mejor a pedaladas, con lenguaje abstruso y tuneado verde. Lo de montar guardia contra la ultraderecha y el fascismo ya ha sido largamente amortizado por sus antiguos compañeros. Y estratégicamente -sólo estratégicamente, que diría Otegi- como que ya no conviene.

Traigo hoy a Errejón porque se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en un referente para la izquierda, sin más mérito que el demérito de sus homólogos. Por eso y porque sus patadas a la politología, la filosofía y el sentido común empiezan a precisar de un desenmascaramiento nietzscheano.

Errejón cogió dos principios mal aprehendidos de Laclau, tres dislates de Derrida y unas cuantas excreciones de nuestros nacionalismos periféricos. Y así es normal que se haya convertido en una musa en puridad para la izquierda identitaria.

El suyo es un pensamiento aún por sistematizar, pero que ya goza de mucho predicamento en PlayZ. Y es que lo que ahí se preconiza como «marxismo con perspectiva de género» -para sobresalto de Julio Llorente– es quizá la mejor manera de referirse a esa amalgama de ocurrencias antagónicas que no pasan el filtro de la razón pero sí de los errejoners, ávidos de nuevos palabros con los que dar ínfulas de intelectualidad a sus monomanías.

Saben a lo que me refiero. Hablo de ecologismo, interseccionalidad, antiespecismo y todas esas vacuidades que ahora hay que impostar para salir en los espacios seguros de la televisión y optar a diversas mamandurrias -que ya quisiera uno-.

Su nicho es el de una juventud concernida con la justicia social y laica, pero que ve pecado original en el hombre blanco, hetero y cisnormativo. Por eso no permite el mansplaning, whitesplaning, payosplaning y demás gansadas que surgirán con el tiempo.

Pero volvamos a Errejón. El ínclito recorre todos los lugares comunes del comunismo, si me perdonan la redundancia, pero lo hace con conciencia ecológica y perspectiva de género. Y así es que pasa a un segundo plano que el núcleo irradiador, el móvil como «dispositivo neoliberal de control de nuestro tiempo» y algún que otro desbarre sobre el neoliberalismo (sic) sean sus más lúcidas aportaciones.

Acaso lleva razón cuando reivindica más atención para la salud mental. Pero ya dijo el estagirita que una golondrina no hace verano, y así lo demostró Errejón al enfangar sus análisis hablando de la locura como un constructo social; una gansada que ya vaticinó Orwell cuando habló de «una minoría de uno».

Lo de cabalgar contradicciones es virtud sublime en España, así que no tiene sentido discutir si sus postulados son coherentes con el marxismo, el posmodernismo o el chavismo. Y menos cuando para el pollopera todo es uno y lo mismo.

En definitiva, nos podríamos extender o poner redichos si el personaje lo requiriera, pero lo de Errejón es populismo en bicicleta, autoritarismo imberbe y comunismo en fase primera. Todo ello condimentado con la más selecta superchería del momento. Quizá por eso, ay, tenga tanto futuro.

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