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¿Es Grecia una democracia?


La democracia griega ha ido cumpliendo la suma de deseos generalizados y particulares que ha recaído sobre ella. Ha concedido regalos y regalías, “derechos” y privilegios, como hacen todas las demás.

Foto: ALKIS KONSTANTINIDIS | Reuters

Acaban de producirse elecciones libres en Grecia, pero eso no despeja todas las dudas. Syriza, la ultra izquierda que devoró al todopoderoso Pasok, el partido que iba a llevar las barricadas de la plaza Sintagma a las instituciones comunitarias, ha aplicado mansamente el prolongado programa de austeridad impuesto por Bruselas. Ahora ha sido desbancado del poder por los votantes, que han preferido mayoritariamente a Nueva Democracia, de centro derecha, pero el votante griego se ha debido de quedar con la sensación de haber cambiado la careta del actor de esta tragedia, que es la UE y sus instituciones.

De modo que cabe preguntarse si Grecia es una democracia. O, puesto que está en una situación análoga a la de cualquier socio del euro, podemos preguntarnos si somos los demás una democracia. ¿Podemos elegir la política económica? Y si no es así, ¿no hemos vaciado de contenido la democracia?

La democracia griega ha ido cumpliendo la suma de deseos generalizados y particulares que ha recaído sobre ella. Ha concedido regalos y regalías, “derechos” y privilegios, como hacen todas las demás. Sólo que Grecia ha ido mucho más lejos de lo que podía permitirse.

Durante el último Gobierno conservador (Karamanlis), se dieron cuenta del agujero que estaba acumulando el Estado griego, en parte por su propia irresponsabilidad. Y anunciaron unos tímidos recortes. Las siguientes elecciones las ganó el Pasok con el lema “dinero hay”. Y los votantes se lo creyeron. Como creyeron, allí como aquí, que tener unas pensiones altas o una Administración hipertrofiada era sostenible, o incluso que no tenía ningún coste.

Interpretaron la democracia como un instrumento que podía saltarse la lógica económica; votaron como si acumular deuda se pudiera hacer de forma indefinida, igual que si hubiesen sometido a votación la segunda ley de la termodinámica.

Estas preocupaciones sólo tienen sentido desde una concepción totalitaria de la democracia. No es más que un método para expulsar pacíficamente del gobierno a quien lo esté ocupando. No podemos mirarla como si fuera un dios caprichoso al que podemos exigirle todo ni indignarnos con él cuando no nos concede nuestros deseos.

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