Pilar Cernuda

Esa foto...

Esa foto dentro de un coche, con gafas negras y gotas de lluvia en la ventanilla , amplísima  sonrisa mientras habla por teléfono, y el lazo amarillo en la solapa, que no falte el lazo amarillo, es una falta de respeto para los catalanes. Para todos, independentistas y no independentistas. Ese hombre que sonríe como si no tuviera ninguna preocupación, impide que  los catalanes estén gobernados por un gobierno salido de las urnas,  provoca que Cataluña sea hoy una región de la que huyen sus principales empresas,  los turistas no le vean el atractivo de antaño y en la mayoría de las familias se hayan producido  quiebras o, cuando menos, tensiones.

Opinión

Esa foto...
Foto: Felipe Trueba
Pilar Cernuda

Pilar Cernuda

Periodista, vivió la Transición desde el ruedo, no la barrera, y su escepticismo respecto a la clase política actual –con excepciones- es inconmensurable. Y se le nota.

Esa foto dentro de un coche, con gafas negras y gotas de lluvia en la ventanilla , amplísima sonrisa mientras habla por teléfono, y el lazo amarillo en la solapa, que no falte el lazo amarillo, es una falta de respeto para los catalanes. Para todos, independentistas y no independentistas. Ese hombre que sonríe como si no tuviera ninguna preocupación, impide que los catalanes estén gobernados por un gobierno salido de las urnas, provoca que Cataluña sea hoy una región de la que huyen sus principales empresas, los turistas no le vean el atractivo de antaño y en la mayoría de las familias se hayan producido quiebras o, cuando menos, tensiones.

Puigdemont vive en Berlín a cuerpo de rey, como vivía a cuerpo de rey en Bruselas. Sus más incondicionales fueron condenados a prisión preventiva porque el ex presidente se fue a la fuga, y siguen en prisión mientras Puigdemont residencia en una de las más atractivas ciudades europeas, es agasajado por periodistas y autoridades y se pertrecha tras unas gafas de sol como los magnates de Saint Tropez que buscan el anonimato. Él en cambio busca la presencia y no olvida colocarse el alfiler con el lazo amarillo, un insulto a los presos que están presos porque él se marchó a Bruselas sin encomendarse a dios ni al diablo, dejando a sus colaboradores con la espada de la prisión preventiva sobre sus cabezas, ya que el juez, cualquier juez, alegaría que existía riesgo de fuga. Frecuenta restaurantes famosos, pasea por los hermosos parques berlineses como antes paseaba por los de Bruselas y sale en TV3 explicando cómo ve el futuro sin pensar, ni por un minuto, que tal como él plantea su futuro ennegrece el de aquellos que le siguieron lealmente en su dinámica demencial que ha provocado el escenario que hoy se vive en Cataluña: el 155, los partidos independentistas peleados entre sí, una decena de colaboradores fugados, figuras importantes alejadas definitivamente de la política, la inhabilitación acechando a algunas de las mentes más lúcidas del independentismo y la economía catalana temblando.

La foto de la sonrisa amplia, las gafas negras y el lazo amarillo es una burla. Puigdemont, si no fuera un símbolo para quienes no se atreven a decir lo que piensan, hace tiempo que habría sido arrojado a los leones.

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