Patricia F. de Lis

Esas catástrofes que no podemos explicarnos

Hoy contemplamos el dolor y el desconcierto de los familiares de los pasajeros y tripulantes del vuelo malayo que ha desaparecido en su vuelo a Pekín, y de los del barco hundido en Asturias.

Opinión

Esas catástrofes que no podemos explicarnos

Hoy contemplamos el dolor y el desconcierto de los familiares de los pasajeros y tripulantes del vuelo malayo que ha desaparecido en su vuelo a Pekín, y de los del barco hundido en Asturias.

Ayer recordamos dos catástrofes que aún nos cuesta comprender, aunque sí podemos explicar. 10 años después del atentado terrorista del 11-M, sabemos quiénes fueron los autores de la mayor matanza masiva provocada en nuestro país, y sabemos cómo y por qué operaron, aunque conspiranoicos de distinto pelaje traten aún de confundirnos. También se cumplieron tres años del terremoto y tsunami que provocaron el colapso de la central nuclear de Fukushima, en Japón, donde falló casi todo, desde los sistemas de prevención y contención, hasta los avisos a la población y las explicaciones del Gobierno y la empresa responsable de la central.

En esos primeros momentos de desconcierto y dolor, aparecen también, inevitablemente, la desinformación y las mentiras. El presidente del Gobierno español, en persona, llamó a los directores de los diarios para asegurarles que ETA era la responsable de ese atentado. Nos dijeron que había una tarjeta de visita de una cooperativa vasca en una de las furgonetas usadas en el 11-M, cuando en realidad era una cinta de música de un grupo del mismo nombre. Y desde Japón, nos contaron que la catástrofe estaba controlada y que no se filtraba agua contaminada al mar ni a las aguas subterráneas, cuando ahora sabemos que hasta meses después no se supo el alcance real del accidente y que, según el Organismo Internacional para la Energía Atómica, se podría haber evitado.

Hoy contemplamos el dolor y el desconcierto de los familiares de los pasajeros y tripulantes del vuelo malayo que ha desaparecido en su vuelo a Pekín, y de los del barco hundido en Asturias. Aún no sabemos las causas de ninguno de estos terribles sucesos, que cambiarán para siempre la vida de todos aquellos que se han visto afectados por ello. Solo nos queda esperar que, en esos casos, las mentiras y la desinformación no añadan más dolor a su búsqueda desesperada de respuestas.

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