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Escenas de un verano demasiado largo

Foto: Anna Demianenko | Unsplash

Corinne llamó a la puerta con los ojos medio llorosos, los pies llenos de arena de la playa, con una gaviota herida en brazos. Mi padre le dijo que la matara si no sabía qué hacer con ella. Corinne dio un gritito de indignación. No sé qué fue de la gaviota. A Corinne le encantan los animales, hasta un punto obsesivo. En su casa de Lyon tiene tortugas, conejos, pájaros, perros, gatos. Deja que cualquier perro le lama la cara, y les habla y dice “Mon chéri, mon chéri”. Lleva siempre galletitas por si se encuentra con perros, y le ha comprado galletitas y juguetes a Rufo y Nea. Nea está siempre con Corinne, y eso provoca celos en su dueña, la novia de mi padre. Los mimos en francés son mejores.

Corinne tiene unos 50 años. Se ha hecho unas trenzas en el Puerto de Mazarrón, como las que se hizo mi hermana con 10 años en República Dominicana. Está muy morena. Se pasa el día al sol. Su novio, unos 10 o 15 años menor, no habla, no sonríe. Juega a una Game Boy vieja, o se queda mirando el mar desde la terraza. Parece otro de los animales rescatados de Corinne.

Corinne y su novio llevan viniendo varios años a pasar las vacaciones en esta playa. El primer día que llegaron este año la mampara de la ducha de la casa estalló en pedazos. Corinne se estaba duchando y se cortó con los cristales. Pasa por el calor, que es bastante insoportable aquí. El novio de Corinne recogió en silencio los cristales, y yo los eché en un cubo y los tiré a la basura. Fui al pueblo a comprar una cortina de baño rosa fosforescente.

Mi padre dice que el hombre que escribe bajo un toldo en la playa, con el ordenador encima de una mesa, es guionista de teatro. Cada vez que paso por delante de él intento imaginar qué tipo de obra escribe. Envidio su disciplina. Escribe toda la mañana bajo el toldo, y por la tarde en la terraza de su casa. Cuando termina de escribir, saca a su madre, muy anciana, a pasear por la playa. No le he visto nunca bañándose en el mar. Envidio su disciplina pero también me deprime su rutina. Solo puedo escribir en la terraza cuando baja el sol o en la habitación con aire acondicionado. En la terraza hay demasiados mosquitos, y la habitación es demasiado oscura. Al final escribo cada día en un sitio. La funda del ordenador se ha llenado de perlitas de sal, o eso parece, por estar cerca del mar.

Mi padre ha montado también un toldo en la playa. Estaba destrozado, pero ha unido las patas con bridas y cinta aislante. Es muy endeble, así que ha atado los extremos a piedras y colocado un peso de hierro, una base oxidada de una sombrilla vieja. Cuando me pidió la primera vez que le ayudara le dije que no aguantaría. Es un cabezón. Ha aguantado hasta que el viento lo ha tirado. Como no lo recogimos, algunos bañistas la han usado como chamizo, a pesar de que se derrumba fácilmente. Solo da sombra para una o dos personas. ¡Pero es gratis! Ya van tres grupos que la usan, al verla abandonada. Un tipo estuvo casi una hora intentando estabilizarla, e hizo un par de apaños que la han mantenido en pie. Una familia ha traído unos altavoces enormes, y neveras y sillas y mesas y están bajo el toldo pasando el día.

Algunos se quedan a dormir por la noche en la playa. Llevan tiendas de campaña enormes, toldos, alguno incluso tiene un generador eléctrico. Desde casa se oyen todas sus conversaciones. Nadie pesca nada y el otro día una pareja se peleó por esto. Se fueron a las pocas horas y no pasaron la noche.

La última semana de agosto desapareció todo el mundo. El tiempo empeoró, el mar se picó y la playa perdió varios metros. El cielo se volvió blanco y me daba jaquecas. Cuando vivía aquí septiembre era el más duro. Todo el mundo se iba y tenía que afrontar la vuelta a la normalidad en el mismo sitio donde había ocurrido lo más anormal del año, que son las vacaciones.

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