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Escorpiones en una botella

Quienes nos oponemos a la consideración de España como un ente plurinacional hemos de admitir que nuestra postura contiene un ángulo ciego o, al menos, un zona de inconsistencia que ha de aclararse. Al fin y al cabo, nuestra actual Constitución sí habla, de manera enfática y en lugar prominente, de una nación, que es la española. ¿Por qué, a fin de cuentas, esta sí y las otras no? Algunos de nuestros conciudadanos –sospecho que no tantos, pero eso importa menos– están convencidos de la existencia sentimental y material de otras naciones, sean la vasca o la gallega o la catalana. ¿Por qué preterirlas a favor de la española?

Es un asunto con el que un antinacionalista honesto debe encararse. Por mi parte, diré de entrada que con gusto suprimiría las referencias a la nación española de nuestra Carta Magna. Allí donde se lea «nación española» preferiría que se dijese sencillamente «España», lo que supone sustituir la categoría por la cosa, lo abstracto por lo concreto. El modelo son constituciones como las de Canadá o Suiza, que se las apañan para darse fundamento y norma sin mencionar en ningún momento una palabra de la que cabe dudar tenga un significado fecundo en el siglo XXI. Porque obligar a toda comunidad a ahormarse al molde de nación es la primera violencia que se hace a la complejidad del mundo. La nación no es, como se dice, un parapeto de la diversidad, sino lo contrario: el expediente más eficaz que tuvo la modernidad para acabar con la multiplicidad de lo real.

Pero hay más. En realidad, en ningún lugar dice nuestra Constitución que España sea una nación; sencillamente lo presume. Al hacerlo, se hace cargo de una larga tradición que nace en el inolvidable momento gaditano de 1812. Esta es la clave: la oportunidad histórica. España se constituye en nación cuando procede, en el siglo de las naciones, cuando la nación era una construcción ideológica útil para legitimar el paso de una soberanía dinástica a otra popular y con el tiempo democrática. Y en ese momento, que un jurista llamaría el procesalmente adecuado, no hay duda de que vascos y catalanes no sólo se identifican plenamente con la nación española sino que contribuyen a fraguarla. Las abultadas pesquisas del profesor Marfany, recientemente publicadas, no dejan lugar a la duda para el caso catalán.

Esto es lo primero que cansa y aburre del soberanismo catalán: su intento de poner por planta en el año 2017 un programa ideológico típicamente decimonónico. Pero la pega de vetustez es lo de menos. El problema radica en que, en su empeño por asegurar la unidad, todas las naciones son excluyentes en su fase constitutiva. Todas sin excepción se erigen frente a algo, y al hacerlo mienten y violentan su propia pluralidad interna. La ventaja de la nación española, frente a la catalana o la vasca, es que, como dice Arcadi Espada, sus mentiras fueron contadas hace mucho tiempo, y ya han marchitado a la luz del estudio. Cuando menos, de sus leyendas fundantes nos permitimos tener una concepción abierta y un ojo escéptico. Por ello, la nación española, en el pasado excluyente, está ahora en condiciones de ser inclusiva, sobre todo en el marco pluralista que diseñó nuestra constitución. Puede acoger, y de hecho acoge, su multitud de lenguas, de una manera improbable en los casos de la nación vasca o catalana, a cuya forja estamos asistiendo y que son dependientes del hecho étnico y privativo de una lengua propia, que se quiere única. La nación española es, en suma y como dicen sus críticos, banal, sin entender que eso es elogio y no crítica, mientras que las suyas son plúmbeas y vienen cargadas de deberes y malos humores. La Constitución española de 1978 contiene, en fin, la simiente de un benemérito y refrescante Estado post-nacional, donde cada uno pueda vivir su identidad libre de coacciones. De ahí que sea lamentable y ridículo el empeño de volver a trazar lindes nacionales entre nosotros. Lo grotesco es que ese empeño provenga de un partido que se dice igualitarista, y que lo haga, nada menos, en nombre de la convivencia, cuando solo puede servir a su destrucción. Porque las naciones no saben convivir y llenar el Estado con más de una es como llenar una botella con escorpiones: no sale bien.

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