Francisco Pou

Escribir para siempre

Es que en un concierto puede sonar explícito una máquina de escribir, la carga de una caballería, un cañón, o un barbero de Sevilla. Pero no un ordenador. Los ordenadores no han traído aún mejores escritores.

Opinión

Escribir para siempre

Es que en un concierto puede sonar explícito una máquina de escribir, la carga de una caballería, un cañón, o un barbero de Sevilla. Pero no un ordenador. Los ordenadores no han traído aún mejores escritores.

Se vuelven a fabricar, y vender, máquinas de escribir. La seguridad que tiene el que escribe de que la intimidad queda entre sus manos y un precisamente golpeado trozo de papel, es una herramienta que las agencias de información se toman en serio. Como mucho, aquél pedazo de papel carbón, que permitía la creación física de un clon de nuestro secreto. Siempre con el número de clones controlado. Siempre el señorío físico de un papel.

Las cosas importantes, los momentos de nuestras vidas, han tenido como testigo las confidencias ante una máquina de escribir. El primer carné de identidad, las notas de fin de curso, la carta a la que queríamos dar empaque pasaba por la máquina, en una especie de etiqueta de gala, pasaba por la máquina de escribir. Negras, solemnes como un deán, las máquinas tenían una elegancia contundente. Cualquier cosa escrita con una Underwood de 1930 se convertía en un documento de paleografía valiosa. No se escriban estupideces en una Underwood. La declaración de un testigo, la filiación de un preso, o el alistamiento en un batallón pasaban por el altar tipográfico de una solemne máquina de escribir.

Luego llegaron las “portátiles”, una fórmula de fantasía italiana en la ‘lettera de las Olivettis, pero que hacía evidente el ‘ordo naturae’. En los años en los que se dejaron las sotanas los clérigos y las underwood los poetas, siempre eran reconocibles aún los clérigos de fantasía de incógnito y la solemnidad de lo escrito con sus teclas: unos versos, quizá una página de una novela, una letra de los Beatles naciendo, quizá preparando un panfleto (el ‘cicloestil’) para cambiar mundos. Y llegaron después los ordenadores que sólo siguen sabiendo escribir unos y ceros en sucesión. Las letras viven en la nube en vez de un papel. La sensibilidad digital tiene huele al mismo fraude que el sexo con una muñeca, un oxímoron. El placer de escribir es también “pintar” letras. Hay vidas de animales y cosas que dan dignidad a cualquier mendigo, un caballo, un afeitado a navaja, plasmar documentos únicos con pluma de tinta y aroma.

Les dejo con una pieza musical imprescindible: el “Concierto con una máquina de escribir de Leroy Anderson en 1953. Seguro que les suena: http://www.youtube.com/watch?v=GcYxz-UQniE Es que en un concierto puede sonar explícito una máquina de escribir, la carga de una caballería, un cañón, o un barbero de Sevilla. Pero no un ordenador. Todo el mundo puede escribir, todo el mundo puede editar, contar las palabras, maquetar, difundir. Pero los ordenadores no han traído aún mejores escritores. Ni mejores editores. Nadie emula a un bardo por tener “procesador de textos”, término que me vuelve a la solemnidad negra de lo fúnebre, la ejecución digital de un pensamiento, una mímesis de un garrote vil.

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