THE OBJECTIVE
Pilar Marcos

Eso que llaman resiliencia

Parece que llaman resiliencia a la capacidad de ciertos materiales para resistir, tras uno o varios impactos destructivos, y recuperarse después. Por extensión, también llaman resiliencia a la capacidad de las personas de resistir en la adversidad, y recuperarse después. Si ustedes vieron el debate a cuatros de los candidatos a la presidencia del Gobierno, que en la noche del lunes copó todas las televisiones, seguro que tienen localizado al político más resiliente, no sólo del debate del 13 de junio sino de la reciente historia política española.

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Eso que llaman resiliencia

Parece que llaman resiliencia a la capacidad de ciertos materiales para resistir, tras uno o varios impactos destructivos, y recuperarse después. Por extensión, también llaman resiliencia a la capacidad de las personas de resistir en la adversidad, y recuperarse después. Si ustedes vieron el debate a cuatros
de los candidatos a la presidencia del Gobierno, que en la noche del lunes copó todas las televisiones, seguro que tienen localizado al político más resiliente, no sólo del debate del 13 de junio sino de la reciente historia política española.

Sí, ése que una y otra vez decía a los espectadores: “perseveremos”. Sí, ese mismo que ustedes están pensando porque saben que él persevera. Seguro que también tienen localizado al contendiente al que sólo le faltó clamar un “¿quién se ha llevado mi queso?” (por seguir con la moda de librito de autoayuda). Tantas veces rememoró, doliente, cómo vio resbalársele entre los dedos su querido tesoro, cómo sufrió perplejo al no ver consumada su añorada investidura, que parecía estar pidiendo que el de la resiliencia le soltara que, al Gobierno, además de venir aprendido conviene venir llorado. Pero él no lloró, sino que impostó la carcajada todas las veces que el del “juego de tronos” le recordaba que no debía equivocarse de adversario. Pero, ¡si él no se equivoca! Ha decidido que no tiene más enemigo que el de la resiliencia y no comprende que, tras tamaña concesión, todos los demás no acepten coronarle como líder invicto.

Sólo jugó a esa ficticia coronación uno que parece querer imitar a Bob Esponja en su capacidad para captar ora de aquí, ora de allá, siempre desde la más límpida estampa. Pero Bob Esponja está pagando el precio de desdibujarse día a día, y eso también se vio en el debate.

¿Quién ganó? Pues al que no consiguieron derrotar, ni los tres juntos, como tres aspirantes que comparten a tercios el mismo objetivo a batir, ni cada uno de los tres por separado. Resultó conmovedor contemplar cómo el de “quién se ha llevado mi queso” buscaba un cara a cara con su declarado adversario. Y preocupante que su socio ocasional de esta primavera esgrimiera un rechazo ad hominen como pre-requisito a cualquier pacto. El de juego de tronos lo tiene todo mucho más claro: si los tres quieren diferenciarse del que tan bien resiste, ¡nada les hará más diferentes que coronarle a él! Claro que eso no sería un signo de distinción, sino de hundimiento definitivo, para ellos cuatro y, lo que es infinitamente peor, para el conjunto de los españoles. Casi mejor “perseveramos”, como dice el de la resiliencia.

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